NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2013

El Vendedor

 

                                                                         Rafael Martínez

 

 

Bastante tiempo atrás, quisiera ser preciso respecto a la fecha pero realmente por  más que trato de recordarla, se me hace una labor imposible, el día, el día ese sí que lo recuerdo, era un domingo, de que mes y año como lo dije anteriormente lo ignoro, sin embargo la mañana de ese domingo el clima auguraba tempestad, el cielo medio nublado, el aire corría con prisa arrastrando cualquier cosa que quisiera tomar camino con él, el mar un tanto tempestuoso y sin embargo enrarecido, abundantes olas azotaban la playa pero llegando de manera sutil con gran armonía y serenidad, sin engendrar ningún estruendo de furia al chocar con la tierra,  extensos relámpagos recorrían libremente contemplando sus formas en el espejo oceánico, las aves marinas parecían extintas, no se percibían indicios de su existencia, los muelles carecían del bullicio tradicional de los marineros, demasiado extraño pensé, empero siempre existen tiempos así, decidí entrar a una taberna a beber unos cuantos tragos y poder platicar un poco con los extraños que arriban a estos lugares, después de todo siempre llegan con buenas historias, posiblemente más ficticias que reales, sin embargo es una buena manera de pasar el tiempo, la taberna se encontraba prácticamente sola, unos pocos individuos se encontraban arrinconados como lucubrando alguna campaña, nada de que sorprenderse, estas son cosas de rutina desgraciadamente, aquí no existe la gente buena, o si existe a de estar refugiada en lo profundo de su demencia, en la barra se encontraba un sujeto de extraño semblante, rasgos peculiares y bebiendo un tarro de cerveza a lo que me pude dar cuenta,  seguramente extranjero, debido pues a sus pulcros y extraños ropajes, no es que tuvieran algo en especial, simplemente no eran comunes es este sitio, decidí sentarme en la cabecera de la barra para lograr poner atención a todo lo que aconteciera en mi alrededor, el cantinero, un hombre bastante corpulento y de mal semblante coloco frente a mí una botella de whiskey y un pequeño vaso, no es que el cantinero fuera adivino simplemente eso pido siempre, sí tiene una horrenda cara pero su carácter contrasta bastante con su imagen, el foráneo personaje lentamente tomó rumbo a donde me localizaba, al momento de llegar a mi lado se presento y dispuso a tomar asiento, sin antes claro preguntarme si no me molestaba su presencia y lo único que buscaba era el poder conversar un poco, mi obvia respuesta fue la de aceptar su disposición de camaradería, inicio cuestionándome el origen de mi nacimiento y las situación que me orillaron a terminar en situaciones tan lamentables, debido pues a que mis orígenes sin ánimo de presunción fueron de clase media, por lo cual pude acudir al colegio y obtener una buena carrera, que si bien no me sería muy útil para ascender en estatus social, sí me aseguraría un placentero futuro, pero las cosas cambian le dije, hace una década aproximadamente, cuando mi edad rondaba los veintiséis años, un infortunio acudió a mi puerta y atento contra la salud de mi esposa, la cual murió pocas semanas posteriores del arraigo de tan cruento mal, ocurrido ese incidente me dedique  al vicio, lo cual me provocó el despido de mi empleo, al pasar esto abandoné todo lo que conocía, no deseaba ver nuevamente nada que me recordara a mi finada mujer, lo cual me trajo a esta inpulcra vereda, colmada de villanías, vicios y traiciones, lo peor de todo es que no me arrepiento y más aun siento el pertenecer a estos viles antros, creo muy a mi lamento el ser poseedor de un maligno espíritu, empero después de todo él me ha hecho sobrevivir en este paramó, mi interlocutor no aparento sorpresa o perturbación alguna, permaneció sereno escuchando mi relato, él se me presentaba como una persona acostumbrada a este tipo de situaciones, aunque su apariencia mostraba lo contario, su imagen era la de un hombre de buenas costumbres, de rostro tranquilo, simétrico, de piel clara y cabellos rubios, con un hablar tranquilo y propio, evitando las palabras altisonantes y los irrespetuosos acentos. Continuo con su interrogatorio acerca de superfluidades, no arrojo ninguna cuestión incomoda a mi persona, empero la última pregunta, sí no incomoda si fue un poco extraña, me cuestiono el si me arrepentía de los males ocasionados y como esperaba el poder pagar tales crímenes, si tenía en cuenta el costo de los pecados realizados y la gravedad de ellos, simplemente pude responder el sentirme culpable, arrepentido y sabiente de que arribaría el tiempo en el cual pagaría por mis crímenes, llegado tal momento no existiría ser que pudiera liberarme de la sentencia o la culpa.

Ya aclarada su última pregunta, me dispuse a iniciar yo con mi cuestionamiento, lo primero que pude preguntar fue  acerca de su origen, debido a lo peculiar de su apariencia, modo de hablar y de expresarse, su respuesta me dejo con la misma duda, se limitó a decir que el lugar de su nacimiento era demasiado lejano y desconocido por los hombres de estos tiempos, era un lugar tan remoto que ya se tomaba como una tierra existente sólo en la mitología, sus ropas, maneras y modo de hablar simplemente las adopto de un lugar cual ya no recuerda su nombre, un sitio donde su estadía fue breve debido a que un terremoto extinguió ese lugar y afortunadamente salió con vida, además era un viajero y no  duraba mucho tiempo en un mismo poblado, mi siguiente cuestionamiento se dirijo al conocer su modo de ganarse la vida, el escuchar mi pregunta sonrió muy efusivamente, llamo al cantinero y pidió un whiskey, a lo que apresure pidiendo únicamente un vaso, le comente el compartir la botella, se sirvió un trago y lo dirigió rápidamente a su boca, lo bebió sin mostrar síntoma de molestia en la garganta,  permaneció callado algunos segundos, pensando cómo debería responderme, su sonrisa permanecía en su rostro, sus ojos en dirección al techo, suspiró e inicio a responderme, comenzó diciendo él nunca haberse realizado a si mismo esa pregunta, pero se podría decir que él era un vendedor, y uno demasiado exitoso pues todas las personas siempre le consumían sus ofrecimiento, se disculpo si acaso su respuesta aparentaba ser pretenciosa y aunado expresó la humildad con la cual respondía, le argumente se despreocupara que no vi de mala manera su respuesta, la penúltima pregunta tenía como objetivo al darme a conocer los objetos vendidos por este mercader, como sucedió con la anterior pregunta, sonrió y esta vez a la par bebimos algunos cuantos tragos, como preparándonos, uno para responder y otro para poder asimilar la respuesta, puesto presentía una gran complejidad en la misma y otro tanto de temor, la botella mostraba ya escasamente un cuarto de su contenido, ambos dejamos reposar los  vasos sobre la barra, inició su respuesta, no sin aclarar la veracidad de la misma, dijo ser un vendedor de pecados, a ello se dedicaba desde la creación de los universos, sí, él vendía pecados, el pago para tales productos o servicios, en realidad no supo cual nombre darles, el costo simplemente era una penitencia tan grande o ligera según el pecado adquirido, algunos eran tan ligeros que únicamente los pagarían en la tierra con un infortunio, algunas tristezas o malos ratos, en cambio otros eran de origen tan perverso que el pago les seria cobrado llegada la hora de su muerte, en el momento que descendieran al inframundo uno de los tres jueces les darían en tormento y prisión más adecuada para la liquidación de la antigua compra, debo añadir algo, las hombres no adquieren un pecado solamente, todo el tiempo se encuentran en constante adquisición y yo en constante venta, el cómo hacemos dicha labor simplemente nos acercamos a ellos susurrándoles nuestras ofertar, si su espíritu es en demasía imprudente o impuro acepta sin dudar, ya sean pecados originados en las pasiones, la envidia, rencor, asesinato, lucro, narcisismo o cualquier otro que se te pueda ocurrir y otros tantos más los cuales escapen a tu mente, me disculpo permíteme aclara mi respuesta anterior, al llegar ante el juez del inframundo te castigara por todos los pecados acumulados y de ellos sacara la sentencia, te daré un ejemplo, aquellos individuos estaban indecisos el si entrar a robar o no en la propiedad del  alcalde, ahora ya están decididos a realizar tal acto, ellos se convirtieron en mis clientes, simplemente les murmuré mi oferta y aceptaron sin chistar, obviamente no me para frente a ellos, claro que no, mis características me permiten hablar con sus almas, sin que conscientemente se den cuenta de tal empresa, posiblemente te parezca injusto o se te antoje soy  un personaje impío, pero no esa mi naturaleza, si su voluntad fuera fuerte y su moral abundante rechazarían por completo mis ofertas. Al escuchar su respuesta mis manos se tornaron temblorosas, ambos nos servimos un par más de tragos los cuales engullimos rápidamente para tratar de asimilar por mi parte la respuesta y mi interlocutor la sorpresa de contar abiertamente su oficio. Mi última pregusta fue si acaso nadie iba a parar al cielo, a lo que él carcajeo a sobremanera y me argumento que el portarse rectamente no significaba tener como destino el paraíso llegada la muerte, existen otros factores para ir al cielo o al infierno, pero no por ir al infierno te espera un flagelo, eso depende de la utilidad que tengas para la batalla, pero eso mi amigo es tema para otra ocasión, si acaso deseas la respuesta te espero es este mismo lugar dentro de una semana, charlaremos abundantemente sobre aquellas materias que ansíes conocer, por hoy me marcho pues debo seguir con mis labores.

Se levantó, tomó un trago más, se cerró el abrigo, pago la cuesta de ambos y salió con rumbo desconocido, en lo personal no sabía si dar crédito a sus palabra o tomarlas como historias de cantina, meros delirios producidos por el licor, empero la seriedad de su rostro, de sus palabras y el misterio que emanaba por completo su ser, me decían que no era broma su historia, resuelto salí a caminar, ya el clima se encontraba mejorado, largo rato reflexione el sí debía regresar la siguiente semana para que me aclarara la última de mis cuestiones, al final decidí presentarme para continuar la charla inconclusa.                                                                                                                                     

 

                                                                                                           

Rafael Martínez Guevara, originario de  Irapuato Guanajuato, tengo una Licenciatura en Psicología Organizacional, y uno de mis intereses es la especialización en Psicología  Social, en cuestiones literarias, tengo aproximadamente 12 años escribiendo primordialmente poesía y narrativas, en 2005 junto con algunos compañeros creamos la revista literaria Arteria en la cual además de publicar mis escritos era subdirector y encargado de las relaciones publicas de la misma, por ciertos motivos esta revista dejo de publicarse en el año 2012, se le realizo el cortometraje de mi cuento titulado El Cuadro, este 2013 inicie junto con algunos amigos (Carlos Rodrigo Negrete y Luis Alberto Martínez, también excolaboradores de la Revista Arteria) un nuevo proyecto llamado Revista Aneurisma la cual por el momento es exclusivamente digital y en la cual se publican  cuestiones literarias,  fotografía,  y en la pagina se pueden encontrar recomendaciones musicales y cortometrajes.    

 

 

Ágora Marzo-Abril

Cuento

 

LA NOCHE EN QUE EL VIENTO SE DETUVO

 

 

                                          Héctor Manuel Hernández Nieto

 

¿Cómo hemos de vivir?

¡No se mueve el Sol!

¿Cómo en verdad

haremos vivir a la gente?

 

Poesía Azteca.

 

Quezacué, según la leyenda de los abuelos, estaba sentado a la puerta de su jacal para ver pasar el tiempo y las estrellas.

Llenando el aire de la noche con la maraña de su vuelo, llegó el tecolote de alas extendidas. Traedor de extrañas noticias, abría y cerraba la intriga de sus ojos:

¾¡Señor Quezacué, me alegro de hallarte aquí, en cuclillas sobre tu estera! Di vuelta a mi cabeza y lo descubrí, en la oscuridad lo contemplé: el tiempo se encuentra enredado entre las puntas del huizache, detenido por el laberinto de sus flechas espinosas. El tiempo no camina y mañana no ayudará al Sol para que se levante y salga de su casa.

La noticia ya se había esparcido sobre las volutas de las voces, ya había estallado como chispa de cocuyos entre los sembrados. Todos, uno a uno, iban llegando ante el Señor con barbas como espigas de maíz no cosechado.

Se acercó primero el colibrí, rápido y nervioso, dibujando su angustia con jeroglíficos en el aire:

¾¡Señor que mandaste a las codornices! ¿Moverás acaso tus pasos y te encaminarás para desenredar al tiempo? Mira, que si mañana no aparece el Sol, las flores estarán tristes, con su cara arrugada hacia el suelo, y yo no podré platicarles cosas de amor al oído.

Llegó el perro de rojo hocico, y con ladridos sofocados de tinieblas, así le decía, así le aconsejaba:

¾¡Quezacué, el solitario, que moliste los huesos de los muertos! Habla, te lo pido, con el viento, tameme del tiempo: pídele que lo cargue sobre sus hombros y lo ayude a caminar de nuevo. Mira, que si dejas que siempre nos mire el conejo que los dioses arrojaron a la luna, perderé la fuerza de mis blancos pedernales y no podré sacrificar la carne de mis víctimas.

Mientras tanto los grillos, envueltos en el gabán de la oscuridad, por todas partes centelleaban con las navajas vibrantes de sus chillidos:

¾Te lo decíamos, te lo repetíamos en voz llena de murmullos. Se han cumplido las edades, se acaba de apretar una nueva atadura de años. ¿Te has fijado? ¿Has observado? El Sol se levanta rojo cuando sale de su casa; también nacen rojas las nubes: algodones teñidos que acarician su cuerpo, faisanes color de llama, golondrinas color de fuego. Mira, que el Sol no se moverá, tendrá pereza y no se levantará si no llega a sus narices el rojo olor de la sangre. Debemos ejercer nuestro oficio, queremos levantar en alto los corazones humeantes de los hombres. Has perdido tu poder; no triunfarás, no ganarás de nuevo, ya no podrás sonar el caracol perforado por los gusanos, ya no podrás dar vida nueva a los huesos de los hombres.

Y Quezacué, el señor de sabio rostro, se entristeció y no contestaba. En el cuarto oscuro de su interior pensaba, meditaba. Así le decía el sueño quedo de la palabra:

“El corazón, desde su sitio, todo lo mueve: no hay por qué quitarlo de su lugar. El Sol es el corazón que marcha sobre la manta azul del cielo, y el corazón no necesita otros corazones para cambiarse de lugar y mover todo con sus rayos impalpables. Ninguno de los llegados ha buscado la suavidad del canto, sino tan sólo su propia conveniencia: no poseen ojos para ver los rostros de los demás, tienen falta de oídos para entender las espirales de los verdaderos pensamientos.”

Entre las sombras Quezacué descubre a los hombres. No se les distingue bien la cara, no se notan sus ojos; cuando hablan, aparecen tan sólo los fugaces reflejos de sus dientes cuando le dirigen la palabra:

¾¡Nuestro príncipe Quezacué! Nosotros los macehuales, los merecidos por tu sangre, ofrecemos nuestros corazones para que todo viva.

¾Yo soplaré en el huizache para que se mueva el tiempo, lo haré hasta entregar todo el aliento desde el interior de mi pecho.

¾Deja, te lo ruego, que los grillos saquen mi corazón; no te opongas a que las hormigas rojas de las llamas desgarren mi carne.

¾Si es necesario, volveré al país de los descarnados, de donde tú me rescataste, para que los demás separen sus rostros de la noche y aparezca el Sol sobre la Montaña de la Estrella.

Entonces el señor Quezacué se levantó de su estera y sonrió. Cargaría sobre sus hombros el atado de buenos deseos y esperanzas, y con él desataría al tiempo.

Antes de retirarse tomó el brillo de una estrella, aquella que lo representaba ¾la que mora junto al Sol¾ y la dibujó en los ojos de los hombres. Sería la luciérnaga del cielo que vive a medio camino, ahí donde el tiempo comienza a caminar despacio, como anciano; sería la esperanza que en la tarde anuncia el sueño pasajero del Sol y canta por la mañana a la luz de la nueva vida.

 

Y el tiempo se liberó, sin desgarraduras, de las espinas que pensaban retenerlo como prisionero. Y el viento introdujo la melodiosa brisa de un nuevo amanecer.

Lucero de la Mañana, Lucero de la Tarde, son los ojos de los hombres entre las noches de su vida.