ÁGORA  SEPTIEMBRE-OCTUBRE

 

Raúl Zárate

en tiempo presente

Rosa Delia Guerrero

 

La mirada y mi memoria se dirigen en retrospectiva hacia el Maestro Raúl Zárate, no sólo al artista sino al ser humano. Su obra la vi por primera vez en lo que entonces era la Alianza Francesa en la calle Berriozabal. Fue un encuentro por azar, de pronto quedé ahí, suspendida en aquel instante petrificada por lo que veía frente a mí. Observé los colores, las formas y la danza naïf de lo que era un gato, la sensación fue semejante a entrar a un mundo de ensoñación.  Transportarse, sin mostrar oposición alguna. El juego de tiempo era un malabarismo costumbrista, urbano, lleno de significados y de historias narradas en silencio.

Entonces, me di a la tarea de buscar al autor, preguntar quién era para conocerlo. En ese mismo espacio,  días más tarde, le hice una breve entrevista que se publicó en el periódico El Centro.

Luego lo visitamos en la calle 5 de mayo. Vivía en la parte de arriba, nos dio la bienvenida a su espacio, a sus sueños, sus angustias, inquietudes, protestas sociales, a lo que creía y construía desde lo más profundo de su ser. Sobre lienzos, cartón o madera plasmó la biografía de su mundo con polímeros con una tendencia hacia la gama de los azules: azul de prusia, de ultramar, violáceo, cobalto. Alguna vez me dijo que era el color que más  existía en nuestro mundo visual, también me contó sobre su forma para sacar las perspectivas y el punto de fuga, para hacer un encuadre.

Luego siguió una exposición en La Castañeda, conversaciones compartidas teniendo como entorno  la Alianza Francesa, quizá no fueron tantos los encuentros, pero siempre tuvieron la calidad para explorar al ser humano a través de los años.  De una memoria privilegiada, ameno conversador, recordaba su infancia, a la tía que observaba y quizá de la que ya hacía bocetos en su mente, un flashback con fechas y sonidos, reminiscencia de texturas a los sentidos, las imágenes nítidas que lograba narrar involucrando todos y a todos. Su errancia, buscar mundo, norte o sur, la frontera, esas fronteras de los territorios, lo público y lo privado, lo cotidiano y lo biográfico. Sucesos que se volvían anécdotas y transmitía oralmente de forma sin igual. Los manglares, las aventuras, las ausencias y carencia, la abundancia, lo vivido, la Fábrica de cigarros el Águila. En su obra, la transformación de la arquitectura no bastó, porque él conservó las formas, la luz, los colores, los personajes a quienes de pronto llamaba “monos”.

Un mundo riquísimo, pleno de seres imaginados o reales, iconografía de sus miedos, su voz habitada de silencios y narraciones, gritos, murmullos, risas.
Pasillos y puertas que nos llevan a todos los rincones, cada una de sus obras es una forma de abrir y revisitar su realidad-ficción. Temas religiosos, políticos, sociales, el costumbrismo que se queda instalado en una época, pero que deambula por la noche, el día, una luna y su reflejo.

La cárcel, la injusticia, las circunstancias de la mujer en muchos contextos, las prostitutas desde una forma más humana; los gatos, esos personajes que suben por tejados y viven en constante ir y venir. Un gato que mira la noche o la noche que se queda en la pupila de cada uno que observamos. La estación de trenes, la idea del sueño americano. París en 1986 donde participó en una exposición en el Pabellón Mexicano de la Ville Universitaire  inaugurada por Fernando del Paso, entonces consejero cultural de México en Francia y colaborador de Radio France Internationale. De París regresó por su nostalgia por la luz, el cielo cenizo y el frío no se parecían a los días que él estaba acostumbrado.

Hablar con él sobre el mundo taurino, escucharlo describir una donzantina semejaba estar en alguna plaza de toros en medio de una faena.  Su radio de onda corta le permitía transportarse  a otros espacios, otros lugares. Cinéfilo, poseedor de una cultura y contexto  histórico sobre lo que sucedía,  la trama y la génesis de muchos acontecimientos importantes vistos desde su perspectiva.

“Pintar cerrando los ojos, porque en lo negro veo el púrpura, los azules, porque desde antes ya están en mi imaginación”.

En el hospital civil hacía bocetos, dibujaba sobre un cuaderno de dibujo.  Mientras tenía por compañero en aquel espacio a un joven, casi niño que había subido al tren para emigrar a USA. Cayó entre las vías. Ese día, se quedó pensativo, movió lentamente su cabeza: Hay quien tiene una jodidez crónica, dijo en tono reflexivo y con certeza. Sabía reírse de la vida, la mayor de las veces aceptaba otras en cambio se revelaba.

Hubo una cercanía que perduró y queda presente basada en el afecto,  el respeto y la amistad que se dio en ambos sentidos. 

El tiempo, desde una concepción aristotélica se refiere a movimiento, tal como en la física con relación a lo precedido y lo sucedido.  Filósofos como San Agustín relacionan al tiempo con el alma. El pasado es algo que ya no existe,  el futuro algo que vendrá y el presente se escurre, transformándose en un recuerdo.  Kant entiende al tiempo como una forma de intuir  lo acontecido, como algo interior y personal, que permite organizar las experiencias íntimas.  El existencialismo, el historicismo, al tiempo como conformación de dos temporalidades, una externa y otra interna. Otros estudiosos definen al tiempo como la esencia humana.

Raúl Zárate, sin fechas, atemporal, presente. 

 

 

 

31 de julio de 2014/08/14

 

Raúl Zárate “el Jefe”

 

Cuando se dice gracias, se dice lo que siente el alma del que lo dice, para el que se dice, Gracias Raúl Zárate por lo que nos has dado, que no es poco, lo decimos aquellos que gozamos de tu desparpajo, de tu bonhomía, y de ese talento que domina sueños y espasmos. Las extensiones del camino, para sentirlas pueden ser escasas o extensas, como lo dicte el latido o el vacío o la levedad del verso.

El cronista debe odiar el odio, como la objetividad de la verdad, como los cambios del día y las fronteras del silencio indefinible.

El Jefe jamás evadió los riegos de la espontaneidad, todo fue fresco, lúdico,  como los surcos del fresal, que se abren para descubrir en sus heridas, sarcasmos y luces que le han de proveer  de disparates y centellas, necesarias para su pasión gótica por las alturas.  Presume hasta el paroxismo una belleza inexistente, elementos que,  en sus manos son violentas realidades.

Quiero honrar esa virtud etérea, que tiene efervescencia propia, a través de un catálogo que nos ha llegado; fruto de esa intensidad, que tuvo  corifeos pero también gotas de aire.

Las lecturas de sus pasos fueron revestidas de excitación y de polvos melancólicos que penetran en la piel, cómplice de esa partitura de trazos, líneas y color.

Voces de aliento claman que lo imiten en su intensidad, deseos fatídicos de silueta, consecuencias de una permanente comunicación con las ecuaciones y las décimas de un poder de larga cabellera y rostro piloso.

Reconocer méritos, no son  actitudes ditirámbicas; son arcos de tertulia que van más allá del elogio de chispa.

Artista plástico interrogante, familiarizado ilimitante, locuaz, saliente. Oyó y sintió a través de la vista y después de la oscuridad no dejó de trazar con el alma, sobre soportes eternos, que no desconocen la familiar eternidad de quien ha dado el gran paso de la vida.

Pisó su tierra con motivaciones matrimoniales,  por convicción lugareño y conveniencia de tambores. Nada le era indiferente, dudas y rectificaciones estuvieron en la última exigencia de su espacio.

La justicia llega en pareja. Es solitaria, silenciosa y eterna y, también, grave dolorosa y tardía. El riesgo del veredicto puede tener alas que violentes el infinito.

Ahora comprendo a los pescadores, que nunca renuncian a un destino con abuchonamiento  de las mangas y el rostro cubierto de ventiscas. Ahora comprendo cuando está cercano el tiempo de esa vida que fue para vivirla. Explorar condiciones y conflictos, para después explotar su grandeza cósmica, las horas no borraron sus días. Tal fue el del  Jefe.

Raúl Zárate alojó un corazón de fresa fresca; su alma, raíces que buscaron luz y fuego. Hasta ahora no se ha medido su estatura, tampoco el maíz de su carne fue medido; tampoco las instancias de su sangre. Exigencias que ya tienen carácter de urgencia.

Alegra saber que ya no espera el pan que mitiga la cera fundida en su pecho, afortunadamente, la risa desdentada que conquistó vanidades, se conserva y alegra la memoria.

Escalando penas, le digo: regocíjate, tus párpados cubren falsos temores, sigue siendo feliz como La mies baña al estío. Hasta siempre, renueva tus visiones.

Federico Ramos Sánchez

 

 

Raúl Zárate: la expresión en lo turbio

                                                                                                                                 Alejandro Palizada

turbio, bia.

(Del lat. turbĭdus).

1. adj. Mezclado o alterado por algo que oscurece o quita la claridad natural o transparencia.

2. adj. Dicho de tiempos o circunstancias: Revueltos, dudosos, azarosos.

3. adj. Dicho de la visión, del lenguaje, de la locución, etc.: Confusos, poco claros.

 

Quizá lo oscuro, lo dudoso y lo opaco no parezcan términos compatibles con lo expresivo. Aquello que se halla sumergido en la penumbra poco expresa. Expresar, pintar, hablar significan, en más de un sentido, mostrar, decir, evidenciar, dar luz a algo. Lo turbio, tal como se puede entender en cualquier diccionario, resulta un calificativo poco coherente a primera instancia para calificar la pintura: arte hecho de luz que habla. Se dirá que los colores intensos no ocultan, gritan; que los trazos duros y bien geométricos no confunden, son contundentes y denuncian su forma. Pero la obra de Raúl Zárate es eso: una expresión turbia, una paradoja.

 

         En Francia, Emmanuelle Houlès relacionó el estilo de Zárate con el de la pintura Naïf no sólo por sus circunstancias biográficas (no se inscribe en una formación académica), ni tampoco por su recurrencia a temas populares, al folclor; la relación con el naïf tal vez se halla más en el desenfado con que el trazo y el color construye sus objetos. Y en ello hay un enorme mérito que el pintor cosechó y personalizó a lo largo de su obra.

 

         Sin definición, la pintura de Raúl Zárate embiste conscientemente las tres reglas de la perspectiva académica: la talla proporcionada de los objetos, la atenuación de los colores y la disminución del detalle con relación a la mayor distancia en que son ubicados. Ello tiene por consecuencia una deformación de la perspectiva –fallida de forma deliberada-, la vivacidad de los colores a igualdad en los diferentes planos de composición –sin atenuación en los planos profundos- y un mismo grado de detalle para todos los objetos.

 

         Perspectiva, profundidad e intensidad se construyen de un modo diferente: a través del color y el trazo duro, Zárate obliga al espectador a interactuar con la pintura: los colores, a fuerza de densidad, opacan los detalles; las formas, contundentes y a veces violentas, despersonalizan sus objetos. Y así el cuadro deviene turbio: una pintura grave pero asible, densa pero nítida. No es casual que en gran cantidad de obras la base sea un fondo negro y el azul irrumpa con sugerente frecuencia: el mundo pictórico de Zárate emerge de un entorno sombrío y ahí el color (luz, a fin de cuentas) halla su mayor expresión. El azul es un color que guarda una tristeza honrosa, pero también es un símbolo de aliento, de supervivencia. Es en la sombra que la sensibilidad humana descubre su más profunda potencia, su más clara expresión.

 

         Raúl Zárate es sin duda el gran pintor de esta ciudad: su obra es el mejor argumento de esta afirmación. Dejó su ciudad natal a los dieciséis años con destino la ciudad de México, y luego de un largo periplo regresó para dedicarse a la pintura. En París, en donde logró exponer en tres diferentes salas en tan solo mes y medio, Zárate fue reconocido por críticos y espectadores. Fue el escritor Fernando del Paso –autor de una inmensa obra y considerado uno de los mejores escritores mexicanos por sus novelas Noticias del Imperio y Palinuro de México-; quien entonces trabajaba como Consejero Cultural de México en Francia y como productor y escritor para Radio France Internationale, quien hizo el honor de cortar el listón para inaugurar la muestra de Raúl Zárate instalada en el Pabellón Mexicano de la Ville Universitaire en la Universidad de la Sorbonne. Las críticas vertidas a su obra en Europa resaltan el modo obsesivo con el que Zárate trabajó la textura de cualquier material donde plasmó su obra con maestría.

 

Sobre su pintura escribió Emmanuelle Houlès:

Su búsqueda es interior, su inquietud intelectual. Su expresión no tiene compromiso frente a la sociedad y cuando se revela contra las injusticias naturales o sociales es siempre en nombre suyo y en nombre de la libertad.

De esa estancia en Francia regresó a Irapuato con una técnica pictórica enriquecida con la influencia de Chagall. La obra de Raúl Zárate es todo menos “local”: con coleccionistas que han sabido reconocer el valor intrínseco de cada pieza, las obras del pintor han encontrado lugar en ciudades y países varios: en esta Ciudad de Irapuato, en diversas ciudades de México, en Estados Unidos, España, Francia, Cuba, Puerto Rico, Marruecos, Argentina, Alemania, Brasil e Italia. El valor de su obra se acumula y aumenta con esta dispersión.

 

Las obras de Raúl Zárate hallan su valor en ser expresión de un paseante: el mundo está ahí a la vista de todos, pero sólo el artista es capaz de reconocer la intensidad que la vida oculta; sólo él es capaz de responder con igual fuerza. Acaso será por eso que sus escenas de Irapuato dejan de ser paisajes de una ciudad del Bajío mexicano para convertirse en experiencias de un hombre que es todos los hombres: es decir, experiencia de un tiempo, de un corazón que ahí pintó sus pasiones. “Uno mismo es Dios y el demonio. Es mi creencia” decía Raúl Zárate.

 

 

 

 

 

 

 

 

Último Homenaje – Exposición en vida,  al Maestro Raúl Zárate (+)

Único Irremplazable Ser

Raúl Zárate

 

De filosofía propia y aguda, sensible encantador y neurótico como un artista ordinario, humano de palabras directas, penetrantes y de escasa moral.

Ahora y sólo después de su muerte comprendí la trascendencia que tuvo en mi vida,
En uno de mis momentos más difíciles, recibí su consejo y me habló como lo haría el mejor de los maestros:

 


“La vida continúa,  hay agua que beber, aire que respirar.  Las aves continúan en los árboles, cruzan el cielo. Nosotros nos hacemos difícil la vida con nuestras ambiciones, no te preocupes hay más para ti  de eso que ahora perdiste…  continúa Héctor la vida siempre te recompensa… “

 

Todos los días de mi vida caminaré y recordaré que es irremplazable Raúl.
Pinche Raúl… porqué envejeciste, por qué  ya no estás, porqué fuiste lo que fuiste?

 

Héctor Peralta

Un calvario y dos pintores

Luis Felipe Pérez Sánchez

A principios de los noventa, antes de que derrumbaran esas vecindades para hacer un estacionamiento, antes de que desapareciera, también, el cine Rialto del que yo recuerdo películas con Charly Valentino, el pintor volvió a rentar un par de cuartos por ahí, donde, en otro tiempo, había vivido Efraín Huerta. Raúl recordaba el Rialto porque era el lugar donde escuchaban las noticias de la guerra o veían cine italiano.

En esa vecindad pintó un mural que se convirtió en debate público y político al momento de demoler la construcción. Raúl alegaba que eso era patrimonio cultural. No era la primera vez que había polémica.

Él y Antonio González, otro pintor de por acá, en otra década, en otra casa, se cuenta, tuvieron que ver cómo demolían un Viacrucis que habían pintado, entre los dos, en los muros de la casona. Pero había sido una lucha como las que había en esos tiempos, una contienda donde hubo resistencia. Enfrentaron aquel debate encadenados a la puerta del edificio. Debió venir la fuerza pública para retirarlos. Juran algunos que, entre los escombros, se podían distinguir las figuras y las siluetas del nazareno con cromatismos cósmicos. Lila, violeta y rojo sangre dominaban esos pedazos de piedra, ahora, sin otro significado más allá que el de unas ruinas de otra batalla perdida, recuerdos de aquellas paredes transformadas en un gigantesco mural que, almirársele, daba la impresión de ser una película expresionista protagonizada por un Jesús de rostro alargado y deforme. Sobresalía, no se sabrá nunca por qué, la manera tan nítida y trágica y amoratada de representar a la Dolorosa. Hay quien dice que era porque, ateos o no, eran hijos de Irapuato y, por ello, hijos de la patrona del pueblo, la Virgen de la Soledad.

Puedo imaginarlos, a ambos, de pie ante los escombros de esa esquina fronteriza con la orilla de la ciudad en ese entonces, la zona roja: vestidos de mezclilla y camisas a cuadros, fumando Delicados sin filtro contradictoriamente mansos. Los imagino, cerveza a cerveza, ya en alguna cantina, en el Recreo o el Corsario, por decir algo, pensando en por qué habían tapizado con las estaciones del Calvario su estudio de pintores. Podrían contarse esa historia que ya conocían, recorrerla como para restituir lo que habían visto caer a punta de mazazos de los trabajadores del municipio unas horas atrás. Recordarían, pues, esos rostros desfigurados por el alargue en los trazos y las líneas sombreadas para dar esos efectos de luto y de sacrificio. Harían notar cómo Zárate comenzaba a seguir la tendencia de la psicodelia y la manera en que los representantes del arte figurativo pondrían el grito en el cielo al ver las manos y los rostros que no coincidían con el modelo clásico sino que dependían de la percepción, de esa mirada pervertida desde años atrás, cuando el boquete en el cine fue un filtro de la memoria para ver tal como veía Raúl.

Ni uno de los dos pintores tendría en mente a Renán, o quizá sí, aunque, de alguna forma, intuitiva, personal o mariguana, habían llegado a esa conclusión en la que no les interesó la representación de los Cristos rubios y de ojos azules o verdes; no era emulando a las películas donde la pronunciación madrileña era signo de catequesis ni Enrique Rambal o su homónimo Rocha eran las únicas formas de presentar al mártir del Gólgota, sino que había que encontrar la perfección en las fisuras, la modelización del sufrimiento a través de los rasgos esperpénticos, más conscientes del paso del tiempo y de la vida que mancha, que de la forma armónica, más con un aire a éxodo, a arte judeocristiano que a esa aura de misticismo parsimonioso, además, poco factible en los años setenta donde la Guerra fría o las crisis económicas hacían pensar en Mecánica nacional o El evangelio de Lucas Gavilán de Vicente leñero que proponían, la pasión a la mexicana.

RAÚL ZÁRATE

vigente dentro de un eterno pasado

y un eterno presente

 

Conocí al Maestro Raúl Zárate gracias a la certera intervención de mi querida amiga de años, Lolis García.

El encuentro fue apoteósico en esa diminuta casa custodiada por un ángel de yeso, lacerado por la intemperie. Las puertas, las paredes y cada resquicio de la habitación, estaban pintadas con rostros de hombres y mujeres que le valieron al autor conceptuarse dentro de la corriente hiperrealista. Ubicada en un callejón, una vecindad, en pleno centro de la Ciudad, su casa estudio, era un recinto abierto a la rosa de los vientos.

Este pintor irapuatense, llamado del paisaje urbano, porque presentaba en sus obras: las plazas, calles, templos, la catedral, hombres y mujeres del campo; fue  autodidacta, Antonio González  -también irapuatense- fue quien le guió por el sendero de la pintura, así lo refiere Zárate en una entrevista: “Antonio fue quien me alentó en mi búsqueda personal, siempre me decía: Ahí está la pintura, las telas, el cartón, lo que necesitaba para crear mis propios cuadros y aproveché la oportunidad y supe que era eso lo que yo necesitaba, encontré el camino hacia la libertad”.


Se inspiró en la obra de su maestro, el mismo Antonio González,  hablaba de  Marc Chagall, de David Alfaro Siqueiros, del impresionismo de Claude Monet….pero sin lugar a duda, él adquirió su estilo propio.

En 1986 expone en el Pabellón Mexicano de la Ville Universitaire en la Universidad de la Sorbona, presentando cincuenta lienzos. Fernando del Paso, escritor mexicano inaugura la exposición.

La pintura de Raúl Zárate fue creada para la contemplación afable y agresiva, silenciosa y estrepidante, mantenida en un exilio y arraigamiento de colores intensos y diáfanos. Porfiado a pesar de su enfermedad crónica, se debatió forjando un cataclismo de figuras humanas, edificios, callejuelas y una  vegetación estilizada, que lo mantienen vigente dentro de un eterno pasado y un eterno presente.

Poseo dos cuadros del Maestro Zárate: un payaso de barriada, con su gorguera roja salpicada de margaritas y de borde amarillo, un par de ojos ictéricos que todo lo ven y todo lo ocultan, y un sombrero azul con escarabajos que parecen vivos; el otro, es un parque donde una pareja de novios tomados de las manos, se dicen palabras de amor bajo la sombra de dos árboles inmensos.

El autor de estas pinturas nos recibió afable a Lolis y a mí, siempre sonriendo mientras nos miraba detrás de sus lentes de cristales reducidos. Nos habló de la alegría de vivir y de su pasión por los colores que plasmaba en sus cartulinas.

Hoy por siempre, Raúl Zárate nos mira a través de los templos: del Hospitalito, y de la Virgen de la Soledad de Irapuato, inquieto por naturaleza, sin detenerse nunca.

José González Gálvez

                Escondido entre cada personaje de su pintura

 
Juan José Zarate era su verdadero nombre pero se quedó con el nombre de Raúl porque desde niño su familia lo llamaba, nació en 1935, vivía en una vecindad de Ramón Corona cerca del cine Rialto, fue monaguillo en el Templo de Nuestra Señora  de la Soledad, de ello contaba anécdotas mil. Aunque tuvo un comienzo difícil por carencias y su enfermedad, el consiguió seguir adelante y disfrutar de los pequeños momentos de la vida.
Trabajo en la fábrica de cigarros “El águila”, en un principio pintaba estampas, obras, dibujos de otros pintores hasta el momento que decidió realizar sus propias obras, fue impulsado por otro gran personaje de Irapuato que fue Antonio González para que aprendiera técnicas platicas, fue su ayudante en principios de los años  setentas, la obra del maestro González, le inspiró, pero siempre pintó a su manera lo que quiso y cuanto quiso. En 1986 conoció a unos franceses que se interesaron por su obra  y se expusieron en  el Pabellón Mexicano  de la Ville Universitaire de la Universidad de la Soborna.
Con una muestra de 50 obras inauguradas por el escritor Fernando del Paso  de Radio France internacionale y  consejero Cultural de México en Francia dándole así reconocimiento artístico del mismo modo, como una confianza mas solida de sí mismo en Francia, también expuso en Estados Unidos, la mayoría de sus obras tratan de las calles, de los paisajes o de la gente de Irapuato, con colores que daban vida propia a sus creaciones, utilizando en otras pinturas como “Vía láctea” tonos un poco más oscuros, donde plasmaba de manera precisa y exacta parte de los usos y costumbres de la sociedad de Irapuato.
Era un hombre que a pesar de los obstáculos logro realizar lo que quería, sonrió constantemente a la vida, fundiendo siempre su identidad con su amor por  Irapuato en una sola alma, vivida en cada una de sus pinturas, era un maestro que no  llego a ser para nada presuntuoso, era capaz de visualizar sus paisajes con la mente a pesar de que su vista ya había sido afectada por su diabetes.
Luchó contra sus propios demonios para ir puliendo y mejorando su arte, su talento no se vio limitado  ni por cuestiones académicas o por reglas, el siempre pintó lo que era parte también de él, lo que llevaba un fragmento de él, ya que siempre realizó lo que  tanto quería, su pintura se volvió  la clave para robarle a la ciudad parte de su magia, inmortalizando su encanto en cada paisaje o panorama que  con el hecho de verlo invita al espectador a escuchar esa voces del pasado, invitando a un sinfín de historias que contar escondido entre cada personaje de sus pinturas, maravillando así al cualquiera que las contempla.
Triste es decir que este gran hombre haya partido a pintar más de sus obras a otra parte y para toda la eternidad, pero son sus pinturas y sus acciones, su legado que ya forma parte del alma de Irapuato y  que con el pasar de los tiempos no desaparecerá, que sean sus pinturas las que continúen perpetuando su memoria y recordando su identidad así como la de Irapuato, resonando como  en un  eco a todos sus habitantes.
¡Descanse en  paz, Raúl Zárate!
Mayra Zandate
 

En la Plaza Revolución

 

Luces, color y pasión por los toros

 

La mejor expresión de su visión del mundo taurino, sí es creación importante en la obra de Raúl Zárate. Y lo hizo con una intensidad tal, que  en sus lienzos, lidia aún más de cerca el difícil toro, para retener y recrear ese instante donde el tiempo se detiene.

Una tarde de toros fluye del artista….  luces, colores, toros bravos y pasión…  toreros en trance, él los reinventa. Seguramente tomando su pincel más largo en la mano derecha  y en su paleta plena colores “machos” acciona  dejándose llevar por esa gran pasión, ¡El toreo!,  dibujó en la soledad de su estudio ese muletazo de mano baja,  con la barbilla clavada en el pecho arrastrando lento, muy lento su inventada muleta. Y hasta se escuchó suave él tenue y sacrosanto murmullo de un lejano ¡oooolé!

 

 

 

1.-  David Silveti   óleo/ lienzo    90 X 140 cm.

en FRANCIA

 

Así vieron la obra de Zárate

 

 

Raúl Zárate es un pintor genial. Parece ser que volvió a inventar la luz y la perspectiva (... ) Su trabajo es fantástico.

 

Jean Pierre Delacroix

Periodista

Diario Liberation

17 de junio de 1986

 

 

 

La perspectiva es un tema en la obra de Raúl Zárate por la inquietud que el artista tiene como una posibilidad de huida, como una libertad que se abre en cada cuadro.

 

Antoine Capelleri

Corredor de arte

París. Francia   1992

 

 

 

 

La biografía del pintor autodidacta Raúl Zárate no tiene nada de convencional, lo que explica muchos aspectos de su obra;  me sugiere una aproximación interesante con una corriente muy particular que se da en Francia desde l910, la de los naifs. Los paralelismos biográficos que se pueden establecer entre Zárate y los naifs son asombrosos, obra como ellos, según criterios que no son los del arte tradicional, no pertenece a ninguna escuela académica, no siguió ninguna enseñanza tradicional. Podríamos  considerar su obra bajo los ángulos populares y realistas. Las escenas populares  están tratadas de un modo figurativo; pero no podemos encerrar la pintura de Zárate  en un cuadro tan estrecho.

 

¡Pintor popular!

Es ambiguo, porque si le sirven de pretexto las escenas que le rodean, nunca se dirige su obra a un público popular, sino a cualquier espectador sensible.  Su búsqueda es interior, su inquietud intelectual. Su expresión no tiene compromiso frente a la sociedad y cuando se revela contra las injusticias naturales o sociales es siempre en nombre suyo y en nombre de la libertad. Por otra parte hay temas tales como el de la mujer o del simbolismo, que lo alejan radicalmente de

la pintura que conocemos como “popular”.

Nos impresiona esta generosidad con la cual el pintor reparte la luz, la dilapida.  El cuadro está saturado de una luz que parece  exhalar de un fondo primordial.

Es difícil hablar o escribir a propósito de los colores de Raúl Zárate. Su paleta es única y la primera impresión que nos deja es la de densidad.  Los colores son los agentes de la pesadez , arraigan cada elemento en el espacio y atraen al espectador para situarlo en el circo de  sus variaciones.

Dominan los tonos fuertes y luminosos. El blanco tiene un papel de primer plano y su tratamiento es impactante El blanco suena como un silencio que de pronto puede comprenderse, dice Kandinsky, y en efecto en el ritmo del cuadro el blanco viene a señalar una pausa,  en las paredes y en el cielo es donde encuentra sus soportes más adecuados: es el lugar del vacío, del sueño, de lo efímero.

Los azules, los verdes, los rojos, los amarillos se relacionan directamente con toda una energía combativa, nos enseña el lado espectacular de la vida, su ofensiva conquistadora, su voluntad de vencer a la muerte y a la depresión.

 

 

 

 

Emmanuelle Houlès

Directora del Institut Francais à Turquie, IZMIR

 

 

Cada vez que escucho al Bolero de Ravel, me viene a la cabeza el imagen de dos amantes haciendo el amor. ?Y eso porqué ? Simplemente porque el pintor Raúl Zárate le había dicho a Lolis García, en una entrevista en su taller, que era la música apropiada que poner  haciendo el amor. Así es: una palabra sencilla pero directa y que hasta ahora, más de cuatro años después, siempre recuerdo.

Cuando estaba en Irapuato, tenía una bulimia para las obras del maestro. Quería llevarlas todas, cual sean sus soportes. De hecho, estaba muy atraída por los grandes formatos sobre tela enrollados, pinturas de paisajes de calles donde los colores dominan y fascinan : tonos de rojo y amarillo, o de azul, malva y verde. Encima, muros blancos  que llenan con nostalgia, que dicen a la primera vista que estamos en un verdadero pueblo mexicano.

Pero del maestro, también me gustan sus pinturas de tamaño más pequeño sobre papel o cartón. Porque tuve que volver a Francia, me llevé unas de estas. Así, de este niño sentado en el baño… No pude convercerme poner este pequeño cuadro cuadrado en la puerta del baño. Raúl me había dicho que podía, no pude. Donde tiene que ser el arte, uno de estos temas, como lo del Papa… de que podíamos discutir entre nosotros. Esas pinturas tienen una fuerza distinta y pueden ser políticas, que sean metafóricas o realistas de una situación denunciada.

Raúl Zárate es un gran niño que pinta como siente y dice lo que piensa. De hecho, todo en su pintura es real : el hombre y la mujer haciendo el amor, así como el guitarrista de la pintura que está en mi cuarto, un cigarrillo en la boca, y que tiene un nombre aún lo he olvidado.

 

Clotilde Coueille

Institut à Nantes, France

EL ARTE Y LA LIBERTAD

(En torno de Raúl Zarate)

 

El tratar de definir estos dos conceptos: arte y libertad, es terriblemente complejo y difícil,  ¿cómo podemos definir la palabra libertad  o la palabra arte? ya que en torno a estos dos conceptos todo es tan subjetivo, tan personal que, sólo se me ocurre unirlas en un binomio conjugado que bien podría llamársele Raúl Zarate. Para el que esto escribe este artista reunió en una sola imagen los aspectos prácticos realistas y filosóficos de la libertad y el arte.

 Él ejemplificaba a plenitud en su vida diaria, en su cotidianeidad ya sea en una banca del jardín principal de Irapuato o echado en una venerable cama de piedra multicentenaria, de la orilla izquierda del Sena en Paris, la más absoluta libertad tanto creativa como social. El me trae a la memoria a ese gran poeta peruano Julio Ramón Ribeyro que en su momento, como Zárate también en Paris y juntos sin saberlo en esos tiempos, a veces en medio de la pobreza más absoluta o gozando de los salones literarios de moda, vivían, existían solo para el arte.

 Vivía Ribeyro a veces sin un pan que comer, escribiendo su inmortal “Solo para Fumadores” trabajando en los medios más humildes: barrendero, mozo, ayudante de cocina pero siempre con el arte como bandera, así Zárate sin importarle para nada ni el pasado ni el futuro creaba en su presente una dinámica de color, mejor dicho de su filosofía del color, que aplicaba no sólo con los pinceles sino con el acto de vivir su vida como él consideraba que debía vivirse.

   Zárate en sus cuartitos de la calle Ramón Corona en Irapuato pintaba sin descanso y sin recursos, dejando atrás su casi filosofía del “clochard” parisino, creándose ya una imagen completamente personal del artista por antonomasia.  Zarate desfasó por completo el perfil del típico Irapuatense, y su cuartito en aquella vecindad quedo convertido en un altar al arte por sí mismo, en un altar a la vida, con actos casi oníricos en su cotidiano vivir.

Y cuando Zarate plasmaba en la tela los crepúsculos de la estación de ferrocarriles de Irapuato, y cuando volcaba en el lienzo  esos rojos que nadie comprendía como lograba, cuando los trenes en su siempre presente motivación brotaban casi por sí solos y en el lienzo transmitían, creo yo, la eterna ambivalencia que se transparentaba entre su obra de las calles provincianas y su eterna personalidad de trotamundos.

Para el que esto escribe, a pesar del afecto que nos unía me fue  imposible penetrar en su pensamiento mas intimo. El demostraba poseer una escala de valores tanto morales como estéticos completamente diferente a la llamada normal, su fragilidad era manifiesta y sin embargo saboreaba como el mejor conocedor un plato de “carnitas” o un elote bañado en salsa verde con queso, y mil “antojos” más.  Multifacético y absolutamente coherente con esta filosofía no podía encajar en los moldes de la vida provinciana; quizá los espíritus chocarreros de Efraín Huerta (su vecino en la vecindad) y de tantos otros cofrades en el arte que con él convivieron, hicieron que Raúl Zarate no fuera comprendido y aceptado en su verdadera dimensión en el angosto horizonte de su provincia.

 Como breve corolario a este opaco boceto, Yo imaginaria una breve bienvenida de la muerte, invitándolo a sus brazos diciéndole como Espronceda:   “Ven Raúl y en mi seno tendrás la paz y el amor que nunca te dieron, en  este hogar que te doy te rodeará la serenidad que buscabas en tus calles, en tus caminantes y en tus pordioseros.  Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre; en mi seno encuentra el hombre un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco lejos del mundo un asilo, donde a mi sombra tranquila para siempre estarás, duerme en paz...”

 

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

Y yo, simplemente te digo  Hasta siempre, Raúl… 

Carlos Palars.

Coleccionista de Instantes

 

                  Gerardo García y El Anarquista

 

Gerardo García  antepone al obturador emociones y admiración por el maestro Zárate, conjugadas con sentido plástico y una técnica propia muy depurada del fotógrafo que arrastra todo un largo trabajo de conceptualización. Su sensibilidad y sentido periodístico le han ayudado a atestiguar la realidad, expresarla a través de la lente. 

Su personaje es El Anarquista -así se definió el mismo Raúl Zárate- icono nada ortodoxo de las artes plásticas.¿ Qué deja Gerardo García a nuestra retina?,  cada observador elije el destino para esas imágenes.

El artista de la lente opta por la representación más sincera que pueden tener los hombres: imprimir la imagen, el momento como tiempo, como historia del pintor, del creador de cuadro y cuadros….. y cuadros y más cuadros…  cálculos al momento nos dicen que le hizo más de mil retratos a Raúl Zárate  sin el temor de que el resultado no sea su mejor ángulo de belleza o no belleza física.

Gerardo nos presenta una iconografía de Raúl Zárate, inmediata a nosotros mismos, frente a esas imágenes, que encontramos aquí al maestro, el imaginario de lo mágico, él….  es el ser de la tierra.

Como profesional de la lente Gerardo García cumple con su misión: mirar por sobre todas las cosas, ejerce ese oficio privilegiado de ver, de observar sin condicionamientos, ni prejuicios; aporta lo que otras expresiones artísticas lo hacen en su disciplina, buscar la creación como una vía de realización del hombre, justo y digno homenaje in memoriam al Maestro RAÚL  ZÁRATE

Lola de Castro

A Raúl Zárate

 

Cuando recibí la llamada de Lolis para darme la noticia  que nuestro buen amigo se había ido de esta dimensión física, en lo primero que pensé fue en su pasión por la vida y luego en su pasión por el arte.

Para Raúl la Pintura fue amor a primera vista. Recuerdo que él decía que desde el momento que la conoció no pudo dejar de amarla. Comenzó a pintar desde que tuvo noticia de este oficio. Y   continuó hasta su último aliento…En cada cuadro se volcaba y no dejaba un solo resquicio de sí mismo para después.

Cualquier soporte ya fuera tela, madera, lámina, vidrio y hasta material de deshecho era bueno para expresarse. Lo importante era su ímpetu por manifestar el gozo creativo. El color le era dado como el agua al río. Para Raúl, pintar era tan fácil como sonreír. El buen humor y la sencillez hacia el quehacer artístico lo colmaban de encanto y originalidad.

Un hombre auténtico que nos muestra en su obra un aprecio profundo por captar lo cotidiano, en sus temas recurrentes de las calles de Irapuato y su gente, bajo un cielo deslumbrante.  En el diario vivir en el Bajío de México, descubrimos una luz intensa, que hace que los colores brillen de manera singular y provocativa a los ojos de un artista. Y en la Pintura emotiva de Raúl se traduce en pincelada segura, fuerte, decidida y tremendamente expresiva.

Con su paleta luminosa y de contrastes, nos pone bajo un sol que se eleva sin esfuerzo con el despuntar de un nuevo día, haciéndonos despertar hacia su propósito: provocar una mirada sensible hacia lo que nos rodea, para después volverla hacia nuestra naturaleza interior  y evocar el esplendor de la belleza.

Es por ello, que honro la memoria de Raúl Zárate.

Su esencia ha quedado entre nosotros.

Rocío Sánchez

 

Zapopan, Jalisco.  11 de agosto de 2014           

 

      

A Herminio Martínez (+)

 

Los poetas se siguen ausentado…

 allá se encontrarán

 

                                                                                   Alejandro Rangel Segovia

Poetas todos, como todos tenemos de locos un poco.

Ahora le tocó el turno a Herminio Martínez, el Celayense, Guanajuatense para orgullo nuestro, autor de “animales de amor”, libro que tuve oportunidad de recibir de sus manos con una dedicatoria y su firma, en la comida que en su honor ofrecí en la Santa Fe de Guanajuato junto con integrantes del Circulo Cultural Irapuatense, las damas de Pedal y Fibra, y directos del Club Santa Margarita, allá por el año 2010 en ocasión de la visita de todos ellos a la Cámara de Diputados del Congreso del Estado.

Herminio obsequió libros en dicho evento a todos los presentes, quienes al inicio de la reunión, al verlo llegar aún, mostraban rostros de, y este ¡quién es?, Herminio lo notó, pero aguantó. Yo me ufane en ser enfático en la presentación de su largo curriculum poético y de premios recibidos, los rostros de los presentes se fueron transformando en comprensión, estupor, asombro y luego, muy luego, admiración.

Herminio nos platicó cuando en España le entregaron sus premios, cómo Fox quiso ningunearlo, cómo los reyes de España lo corrigieron, nos contó cosas, leyó poemas; luego, al percatarse de su audiencia, especialmente abrió una página de un poema critico de la alta alcurnia, critico y ofensivo de la aristocracia; enmudecidos más de alguno, aplaudieron no obstante el saco que les plegaban.

¡Ay Herminio!, el poeta reciente, el último quizá de los poetas clásicos del Guanajuato nuestro, del México nuestro, ya te fuiste a alcanzar a otros, a García Márquez, a Carballo, a Monsiváis, a Carlos Fuentes, a José Emilio, todos, todos por estos meses y años.

Que club tan bohemio habrán hecho, que diluvios tan magnánimos de frases hermosas les rodearan, que club se junta allá donde los poetas y escritores llegan, sus obras terrenales, las de acá, se quedan diciéndonos la cosas en los tonos suculentos, de un manjar.

“nos vamos quedando solos…” escribió José Cárdenas cuando Gabriel García Márquez partió, si, solos de nosotros, de nosotros tan solos, diría yo.

Herminio, dejaste un “testamento de cenizas”, recuerdo dijiste “si no llego al verano, no me entierren, manden quemar mi cuerpo como a cualquier leño de encino”.

“Pero si muero en julio, (y casi le atina)

ah, entonces si

que me bautice el viento

que me envuelva la muerte

en sabanas de lluvia

y me ponga su máscara de niebla”.

Llegaste al verano para irte Herminio,

Descansa en paz, en paz estás con tu obra

Agosto de 2014.

 

 

 

31

Festival Internacional Cervantino

15 de oct. al 2 de nov. Guanajuato. México. 2003

 
 
Artes visuales
 
Una luz con huella
Pintura naïve
Curaduría: Federico Ramos Sánchez.
Casa de la Cultura de Irapuato.
Con la colaboración del Instituto Estatal de la Cultura.
Muestra de pintura naïve de 
Raúl Zárate, artista de Irapuato.
 
En su obra recrea escenas costumbristas, porque sus raíces nacen de la tradición y de  la vida comunitaria.
El artista resulta más que un mero cronista de hechos,  pues reelabora los temas para ofrecernos escenas de significados diversos, donde lo cotidiano cobra una dimensión poética insospechada.
El pintor naïve es natural, obedece a su intuición, se deja llevar por su instinto y su convicción ¿y qué mejores herramientas puede usar un arista para   expresar su percepción del mundo? Percepción que, en este caso refleja una manera muy particular  de interpretar la composición, el color, la armonía y el ritmo.
Raúl Zárate es una muestra de  excepción entre el amor al arte y a la vida. Alojado en esos reductos de libertad, en que  aún postrado, se recrea, se juzga y se mantiene, marca los tiempos sin sombra de dudas, con ritmo desapercibido; ríe huecamente, con el desaliño de su barba y su sombrero raído (aún no lo quita ante la presencia de las damas) con el que seguramente, se enseñoreó por las callejuelas de bohemia parisinas. Su voz queda, estruja el ambiente de soledad, que no de hastío, en el que penetra por angosturas de silencio.
 El mito en su medio se va dando; la devoción por las causas y 
 valores de su pueblo se han dado. Imágenes impregnadas de 
 monólogos íntimos, cubiertos de singular nostalgia. Fantasmas 
 vestidos con la intensidad que desnuda su humildad. No es 
 grandilocuente como los tifones, sus logros son subterráneos; 
 lúdicos como ese desconocido cause que conduce a la verdad del 
 artista. No es intelectual, es instintivo. Instantes de 
 sensualidad, desdén e imaginería surgidas de esa cacería que 
 pisa huellas y corona ocasos.
 Espontáneo, no recurre a discursos, tampoco a los artificios 
de esa hipócrita mortal que revisten con paletas de color y de 
vacío. Su fuerza es otra, esa poderosa revelación que susurra 
el valor colectivo de la vida y emite verdades que colecciona                  pasiones. No es resignación, es la insolencia y la soberbia de 
ese poder magnético.
El “jefe” como se le conoce en el medio, yo le diría “jeque”, 
representa la cabeza de un territorio de sensibilidad, no de 
jermadas, que recorre imaginación y fantasía. Ocasionalmente 
transita por los sueños como primera página de tonos que añade 
a su espacio solitario. Tiene el mérito de ser auténtico, en 
medio de la belleza comparable y vacilante de los más. 
Intención interesante que cabalga con cualidades que no temen 
al juicio, porque le es innecesario.
Su luz determina en el cuadro su estilo naïve, ingenuo sí, 
pero no superfluo. La supremacía de la interpretación sobre el 
mero sentimiento de la “realidad” que no evade los 
procedimientos, los gozos son tan solo sucesos para 
dimensionar la existencia. Son ventanas entrecerradas que 
guardan secretos de la inteligencia.
Es un artista popular porque surge del pueblo y su obra es 
para su pueblo; sin sofisticaciones ni marañas. Inigualable 
por su frescura y por su ausencia de timidez. Trazos de 
sentimiento y color de expresión voluptuosa.
Realismo melancólico en unos casos y, brutal en otros. Sus 
imágenes caen en terrenos en que se funde y confunde lo irreal 
y lo verídico. La magia de la intensidad y la verticalidad del 
que manifiesta raíces de orgullo están presentes.
Pintor sincero, no acostumbra el resplandor de los fuegos de 
artificio, tampoco explota el idioma de lo superfluo. En él 
priva el recurso de sus inmediatos materiales, sin 
limitaciones, ni desvíos. Es su propio placer, lo que nos 
sucede, en su diaria contribución. Aparición sorpresiva para 
algunos, continuación de misterio para los más.........
 
                                        Federico Ramos Sánchez
 
 
PIE DE FOTOS
 
1.- Las monjas   óleo/papel   79X54 cm.
 
2.- Sn Miguel   óleo / cartón  79 X54 cm.
 
 
Fuente: Catálogo  31 Festival Internacional Cervantino
Del 15 de Octubre al 2 de noviembre,  Guanajuato. México. 2003
Artes Visuales
CONACULTA    FIC Guanajuato
 

ÁGORA JUNIO-JULIO 2014

 

México, D. F. a 3 de febrero de 1948.

 

Sr. Lic. Miguel Alemán

Presidente de los Estados Unidos Mexicanos

“Los Pinos”, México, D.  F.

 

Señor Presidente:

Uno de los más altos valores culturales de América, Pablo Neruda; es en estos momentos perseguido en su País por sus convicciones políticas. El poeta buscó refugio en la Embajada de México en Chile y formulismos  protocolarios diplomáticos evitaron que la declaración de asilo fuera hecha oficialmente,  ante el ofrecimiento del gobierno chileno de que Pablo Neruda gozaría de libertad para vivir dentro o fuera de su patria.

 

En nombre de la limpia tradición de hospitalidad que México mantiene tan celosamente y que contribuye la más noble porción del tesoro moral que dignifica y ennoblece a nuestra Patria, pedimos a  Usted, con todo respeto, que nuestra Cancillería intervenga, en la forma que Usted crea más digna, para que el gobierno de Chile cumpla con su compromiso de honor y México al abrir las puertas a un hombre ilustre que por hoy no puede respirar aires de libertad en su propia Patria, reafirme ante el mundo entero  su condición de País donde se encuentran asilo generoso y humano todos los que padecen persecución por sus ideas.  México, que tan caro ha pagado en las trágicas convulsiones de su historia atormentada, su anhelo y ambición de libertad, no puede sin negarse a sí mismo, sin romper esa viril trayectoria, ese camino recto regado con la sangre de sus hijos, dejar sin respuesta el llamado que en nombre de todo lo que tan angustiada y dolorosamente ha querido llegar a ser,  le hace hoy el poeta perseguido.

 

Estamos,  seguros,  Señor Presidente,  de que nuestra instancia encontrará  en Usted la generosa atención que sabe dispensar a todas las causas nobles, y que hoy, como ayer, México sabrá encontrarse a sí mismo y seguirá fiel a la tradición de libertaria hospitalidad que tanto enorgullece a sus hijos.

 

Martín Luis Guzmán             José E. Iturriaga                              Cesar Lartino

Alberto Guzmán Araujo       Efraín Huerta                                  José Revueltas

Andrés Henestrosa               Enrique González Martínez            Diego Rivera

 

Su Profesión Comunista

(….)  Por ventura, Efraín Huerta antepuso su autonomía de poeta indómito, su libertad de criterio, a los imperativos de una política estética antihumana por antinatural, como la del realismo socialista. Lo hizo sin renunciar a su profesión comunista y sin caer en el panfletarismo siempre ramplón, con lo que se sumó a los maestros de la poesía comprometida y militante de los tiempos de la Guerra Fría, en América Latina. La teoría y la práctica del compromiso artístico-político, en el caso de Efraín Huerta, parecía conglobar, crítica y creativamente, a…….. Pablo Neruda…..,. Da la impresión de que nuestro poeta procuró conjugar la militancia comunista con el engagement existencialista. Ello implicó una audaz ampliación ‘humanizante’ de los motivos típicos de la poesía de tonalidad marxista, como por ejemplo el del ‘sujeto histórico’. Al menos en Los hombres del alba, son los condenados y condenadas de la tierra quienes habitan la palabra poética, más allá de agentes político-sociales como el proletario, el miliciano, el guerrillero y afines. Basta con detener la mirada en poemas como “La muchacha ebria” o con observar quiénes son esos “hombres del alba”, para comprobarlo: los “caídos de sueño y esperanzas”, los que “hablan del día… que nos les pertenece [y en el que] son más esclavos”, los que “aman la noche y sus lecciones escalofriantes”, aquellos que, finalmente, son “los más puros”, acaso porque son ellos mismos “pedazos de alba” (….)

Josu Landa /Siempre/marzo 2012

 

ÁGORA MARZO-ABRIL 2014

“Como leer a Octavio Paz” o “El fenómeno Paz”

 

                                                                                                 Carlos Palars

 

En estos días en que se celebra en México el centenario de ese gran escritor que fue Octavio Paz no resisto a la tentación de “Echar mi cuarto a espadas”, como diría el maestro Aquiles Elorduy, sobre este tema.

Por ningún motivo. conste, me atrevería a discrepar de la opinión de la multitud de admiradores que tiene Paz, solamente me permito como cualquier lector atento, darme el sabroso lujo de indagar, investigar como creo que debe hacer cualquier persona que le preocupe ese “Fenómeno” social que fue y sigue siendo la obra literaria de Octavio Paz.

Cuando digo: “Como leer a Octavio Paz”, me refiero a esas obras ligeras que pseudo ayudan a entender mejor a un autor, pero según mi humilde opinión, solo intentan que los demás lectores acepten el mismo punto de vista que detenta el consejero. Y ese no es mi propósito. Pero si creo que los lectores tenemos casi la obligación, el deber diría yo como seres pensantes, de investigar, criticar con objetividad desde luego, eso que yo llamo “El fenómeno literario y social de la obra de Octavio Paz.

Ese prodigio que fue Paz, con su elegancia en la prosa, en el ensayo, en la poesía, pero también con el caos que priva en su filosofía personal y en su obra, con el orden y el desorden, como polos opuestos de una sinergia, entre los cuales se siente el absurdo, un cierto tipo de caos y además un innegable humor corrosivo y tierno...

Para un lector, como el que esto escribe y que desea redescubrir a Paz, se necesita una herramienta especial para hacerlo, y hemos evocado en nuestra disciplina, el “Principio de Incertidumbre” y porque no, a la “Teoría del Caos” para tratar de comprender mejor esa obra tan impactante pero destructiva para México en el extranjero que desarrolló la obra de Paz: (El laberinto de la soledad sobre todo y otros títulos de su autoría). No debe de haber muchos otros países que hayan inspirado tantos relatos donde se juzgue a sus habitantes, con tal vehemencia para condenar y con tan poca generosidad para entender, como ha sucedido fuera de México después de la publicación de estas obras de Paz. El impacto que ha tenido el ensayo de Octavio Paz en México -y mucho más en el extranjero- ha sido desmesurado. Es frecuente encontrar, incluso hoy en día, estudios críticos que toman como base los postulados de El laberinto de la soledad para analizar conceptos y hechos históricos como la Revolución mexicana, la fiesta o la identidad del mexicano.

 Como cita el antropólogo Bong: “Octavio Paz, a diferencia de otros intelectuales de su época, no vivió del todo el momento y el ambiente más intenso de la preocupación sobre lo nacional en su país. Luego de ir a España durante la guerra civil, regresa a México en 1937. Parte de nuevo a una estancia a los Estados Unidos con una beca Guggenheim de 1943 a 1945. Poco tiempo después de su regreso, sale a desempeñar cargos diplomáticos en París de 1945 a 1951, y en Nueva Delhi, Tokio y Ginebra de 1952 a 1953, al servicio de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Así pues, la primera publicación de El laberinto de la soledad en 1950 en Paris se encuentra en medio de una serie de estancias fuera de México. Y han pasado ya más de 60 años y en esa época en Europa y en general en los países anglosajones, Paz les escribió lo que el lector común europeo y estadounidense deseaban leer acerca de la imagen estereotipada, tan cara para ellos, del “mexicano” matón, borracho, apático, hosco y triste, y esa efigie se las obsequió con pie de página y bella letra, en Paris mismo y como algo supuestamente verídico, el diplomático y escritor Octavio Paz, de nacionalidad mexicana, por cierto.

No podemos negar la erudición, la elegancia y el magnífico “estilo” de Paz, al relatar su particular visión del mexicano, pero nos preguntamos ¿Cómo pudo investigar algo tan peliagudo como es esa búsqueda de “Identidad” y que él mismo afirma, contundente, que no le gusta ni la palabra misma, ya que él, desde su puesto privilegiado en un entorno social favorecido desde su niñez, colegios de lujo, estudios en el extranjero y casi toda su juventud fuera de México (y disfrutando del medio diplomático en su vida privada y laboral) y que tan lejos estaba de ese ambiente que tan prolijamente describe; Que podía conocer?

Podríamos, también prolijamente, citar muchas contradicciones que se encuentran en ese “laberinto”:

Nos cita Castañón”: “ En los años cuarenta y cincuenta, en París, se publicaron una serie de estudios que trataban sobre éste y otros símbolos y fenómenos estéticos y religiosos, como el ya citado de Marcel Brion, y además, L’art du monde, de L. Benoist (París, 1941); el Traité d'histoire des religions (París, 1949) e Images et symboles (París, 1955), de Mircea Eliade, y aunque un poco posterior, la obra colectiva sobre L’art magique (París, 1957), que bien pudieron estar al alcance de un joven poeta como Octavio Paz interesado por la mística y la poesía.

“Por otra parte, Octavio Paz da muestra de estar al tanto de la bibliografía sobre la filosofía de lo mexicano: Caso, Vasconcelos, Ramos, Ortega y Gasset, Usigli, O'Gorman, Gaos, Zea y Uranga están presentes en su ensayo, y también algunos textos de los grupos antagonistas a la determinación de los orígenes de lo mexicano.”

En Los hijos de la Malinche, dice: “Por eso la tesis hispanista, que nos hace descender de Cortés con exclusión de la Malinche, es el patrimonio de unos cuantos extravagantes -que ni siquiera son blancos puros-. (¡…!) Y otro tanto se puede decir de la propaganda indigenista, que también está sostenida por criollos y mestizos maniáticos, sin que jamás los indios (¿….? le hayan prestado atención.” ( p. 78).

Cuando habla del concepto de la vida y de la muerte en la filosofía náhuatl, dice: “Del mismo modo que su vida no les pertenecía, su muerte carecía de todo propósito personal” (p. 49). No sólo se equivoca en que la vida sí pertenecía a cada individuo y tenían plena conciencia de ello, sino que deja de lado las reformas de Tlacaélel -de interés político- las cuales les impusieron el deber de mantener la vida del sol mediante los sacrificios humanos, como un deber sagrado y comprometido con su dios y consigo mismos. La afirmación de Paz sobre la traición de los dioses aztecas, “¿Por qué cede Moctezuma? [...] Los dioses lo han abandonado. La gran traición con que comienza la historia de México no es la de los tlaxcaltecas, ni la de Moctezuma y su grupo, sino la de los dioses” (p. 85), no toma en cuenta que esta declaración fue uno de los argumentos para justificar la imposición del cristianismo por parte de los españoles.

 Edgar Llinás nos dice, a propósito de estudios como el ensayo de Samuel Ramos y Octavio Paz, que “una gran mayoría de los estudios hasta ahora realizados sobre la identidad mexicana pecan de cierto negativismo: Que sufrimos un complejo de inferioridad, que vivimos las consecuencias del pecado de la Malinche, que como somos resultado de la mezcla entre el indio y el español... etc., etc.” Nos podemos preguntar: ¿Cuál fue el “pecado” de la Malinche?, Y puestos a elucubrar ¿No será precisamente esa “Falta de Identidad” personal, una carencia que sufren algunos investigadores de “lo Mexicano” y debido a eso su objetividad se reduce?

A través de los años he pretendido que a los artistas no se les juzgue por su vida personal, ya sea privada o pública, sino por sus obras, ya sean literatos, pintores, músicos, etc. Y creo firmemente en ello, y  el caso de Octavio Paz, para mí, es paradigmático. Su obra literaria, con algunas excepciones, es maravillosa, la delicadeza y suavidad de su poesía lo enmarca como uno de nuestros grandes poetas, y este don que lo distingue opaca por completo el caos y las contradicciones que enmarcaron los últimos años de su vida política y social, y que en esta su “Fiesta” (Parafraseándolo) no es relevante comentar.

 

El niño y el trompo

Alejandro Palizada

 

Ella llegó hasta él con la cara roja de coraje, lo abofeteó y luego soltó las lágrimas. Eso sucedió un lunes de 1997. Le había hecho una broma de pésimo gusto, se había burlado de su falta de senos en pleno video de quince años. Ella, que había sido su amor secreto en la pubertad. Ella, que nunca conoció de ese secreto más que unas magras palabras escritas de forma anónima y que, cada que surgía la suposición, él decidía negar. Ese golpe, esas lágrimas, esa bofetada fueron el fin de una edad. A partir de entonces no volvieron a cruzar palabra alguna. “¿De qué cielo caído / oh insólito, inmóvil solitario en la ola del tiempo?... Día hecho de tiempo y de vacío: me deshabitas, borras mi nombre y lo que soy...”  Sin imaginarlo, el reencuentro sucedió tras un año de evasiones. La fecha es exacta, fue un lunes 20 de abril de 1998, esta vez, ella llegó a abrazarlo nuevamente con una lágrima en la mejilla y sólo dijo: se murió Octavio Paz. “Nubes a la deriva, continentes sonámbulos, países sin substancia ni peso, geografías dibujadas por el sol y borradas por el viento.”

         ¿Quién era ese por quien ella derramaba un discreto llanto? ¿Quién era ella que a esa edad podía importarle un viejo escritor? Por muy célebre que fuera, para él no había ningún indicio de su nombre, ni de su premio y mucho menos de sus libros.

         Hay una escena en un cuento del baúl en que un monje se encuentra con una serpiente y se sienta a orar. Ese acto inverosímil, esa parsimonia de la serpiente y el monje orando, aún si luego la serpiente le enterrara los colmillos y sanseacabó, terminó por convertirse en el ideal del joven. Y para llegar a él, para abrazar esa imagen, tuvo que desechar un montón de comodidades mentales, más parecido a la serpiente que muda de piel que al monje que adopta el hábito. De hecho, la palabra clave era esa: perder el hábito/perder el hábitat. Así comenzó con los burdos juegos de palabras, con barrocos relatos de personajes predecibles, con metáforas de dudoso significado, y lecturas cautelosamente elegidas. Y sucedió entonces que encontró a Paz, a “un” Paz. Pero no estaba ella.

         Se imaginaba a sus compañeros de dos maneras muy extremas: cultivando su espíritu con lecturas de Schopenhauer, Nietszche, Gorostiza, Unamuno, nombres que ya desde su grafía resultaban espesos; o bien, entre vasos de alcohol y cigarros de marihuana, con mil y un faldas cayendo en alocada bohemia. Eligió sentarse en un bar a no leer nada. Tenía, con un puñado de frases de poco linaje, suficiente para excluirse él mismo de la seductora compañía: pasaba las más de las noches discutiendo sobre objetos kistch, tocaba la guitarra, escribía. Cuando por fin escribió, quiso hacerlo como sus modelos, pero sus modelos no eran ni siquiera literatura. Quería algo que se pareciera a ciertas melodías, al fango que pisó una ocasión en Santa Rosa, a la arquitectura destruida de un complejo habitacional que ahora es un parking, a la tristeza de un actor español en una película de bajo presupuesto. Se frustraba al escuchar a sus colegas porque decían comprender lo que él deseaba expeler de sí. Decían comprender su deseo de encontrarla a ella; ella, de quien ellos no tenían la menor idea.

         Octavio Paz era una lectura relativamente fácil. Pero estaba rodeada del halo del padre y por eso había que matarlo. Sólo que, según él, para matar al padre había que tratar de ser como él, sustituirlo, sabotearlo. No es posible, eso nunca es posible, pero el hijo no tiene opción. Y ella no volvería jamás, ni con llanto, ni con la muerte de ningún otro célebre escritor. Las ganas de literatura no tendrían cabida. “Tendidos bajo tierra, una muchacha y un muchacho. No dicen nada, no se besan, cambian silencio por silencio”.

         Octavio Paz en secreto: el de versos tristes, el de palabras asesinas; no el sabio, no el padre: el huérfano, el de las lecturas nunca discutidas. Sin necesidad de gritarlo, él se sentía ese niño con su trompo: cada vez que lo lanza, cae justo en el centro del mundo. Como una canción de Radiohead cae siempre sobre la mejilla.

         Octavio Paz bajo el brazo: un cuaderno, un bolígrafo, una historia mal narrada, historias que me cuento y que sólo yo comprendo. Mi amigo Alberto publicó su primer poema en esta revista Ágora. Yo también. En esa época el Círculo Cultural se reunía en la calle Pípila, a un costado del pequeño parque que está frente al Templo de Santiaguito. Todavía recuerdo las noches frescas de un verano en que ensayábamos una obra de teatro. Todavía recuerdo que el camino a casa era inmenso pero humano, lleno de símbolos que hoy son de una cursilería infecta. La noche inventaba otra noche, otro espacio... El camino a casa no era el camino a San Ildefonso. Y sin embargo...

 

 

En esta calle y en otras calles

me digo un silencio

procuro preguntar en cada muro

si ese silencio y la madera

un cable  un torpe maniquí

desnudo en el hielo son reales.

 Detrás de las palabras,..

 

Muro de las palabras,...

nombre de la palabra,  reflejos

 torpeza de pensamientos,

en lo que veo, en lo que digo.

 

Lo que veo, lo que pienso

se recrea con objetos

signos  son  deseos.

 

Soy yo y soy más que un muro

 un cohete un clímax

 un dado lanzado.

 

Sólo una calle en tantas calles,

Callo y soy sombra. Ciego, y sombra.

 Escucho:  Pausas donde la carne se desgarra.

 

El mundo    –yo–   el árbol de voces, salimos.

Negar se afirma  nada     silencio  

perpetuo punto de arribo.

El pincel y la abstracción de:

 

EMMANUEL GLESS

 

Un  inimaginable mundo de color donde aparecen distintas formas y figuras que solo se hacen realidad creándolas a través de los diferentes estados de ánimo,  expresivas texturas que invitan a viajar a diferentes destinos que solo existen en el mundo del arte.

En las pinturas del Maestro Gless  se puede conocer el infinito fusionado con enigmáticos espacios cósmicos y luces que nos transportan  a diferentes  sitios donde reina un absoluto misterio.

Día a día y con una inalcanzable creatividad busca plasmar  diferentes formas de apreciar el arte, dejando claro que solo basta una paleta de colores, trazos y mucha sensibilidad para reflejar  lo  abstracto del universo, lugar donde gobierna la paz  y la serenidad, haciendo de ella un alimento para el espíritu y el alma.

Mariposas, peces y arte abstracto acompañados de místicas veladuras que proyectan  armonía,  equilibrio y  una agradable atmosfera abren paso a perfectas  composiciones áureas  que dan vida al estilo único del Maestro Emmanuel Gless.

La magia se hace presente   en el momento en que los sentimientos despiertan  frente a  estas creaciones  y el  ambiente se percibe más ligero, tal vez sea por la originalidad de sus matices entremezclados  o tal vez por la sencillez del artista, siendo ésta una proyección que en su trabajo refleja lo más bello de su interior.

 

Octavio Paz

 

Es hablar de un hombre que lucho por sus propios ideales,  creyendo en cada uno de ellos hasta el final de sus días capaz de transformarse, de no perderse ni estancarse en las vertientes del inconformismo, hombre sumamente culto y observador en todo lo que aconteció a su alrededor, que no solo mostraba la belleza misma o el poder de las palabras.

Fue un gran ensayista, escritor, poeta y diplomático que tuvo nuestro pueblo Mexicano, que no se calló ante las atrocidades que conoció, denunciándolos con una voz cada vez más alta, donde su principal arma fueron sus palabras, grandes sin duda son sus obras como Laberinto de la soledad, El arco y  La lira, Posdata, Los hijos de Limo, entre muchos otros ensayos más, y  qué decir de sus poemas La Rama, Puerta Condenada, Salamandra solo por mencionar algunos.

Algunos de sus trabajos son reflejo fiel de nosotros mismos, describiéndonos cuidadosamente de que preferirnos no rajarnos, ocultándolo en un sinfín de mascaras o festejos donde en estos podemos únicamente mostrar nuestros sentimientos, donde busca cada vez más su historia, se encuentra con su otro reflejo, que no logra destruir sus mitos, resistiéndose cada vez más en aceptar su soledad, estoy hablando de su ensayo Laberinto de la soledad, en cuanto a Posdata refiere más bien a un análisis de sucesos como Tlatelolco y la Olimpiada, en una crítica por modelos insensatos, dolorosos, mientras  El arco y La lira trata sobre el poder y revelación de la palabra donde el poema es conocimiento, la libertad del lenguaje, el ritmo en un incesante cambiar, La Rama la fugacidad de la muerte así como lo efímero, Puerta condenada la majestad de la noche, entre otros vastos aspectos, Salamandra donde el animal y el fuego se conjugan en único ser, solo por citar la voz de algunas cuestiones que abarca este gran personaje.

Al menos desde mi muy particular perspectiva, no podría decir que conozco por completo todas las obras de éste Premio Nobel, porque eso sería en realidad muy falso, pero puedo concluir que mas allá que un hombre en continua experimentación, observador de la realidad, era más bien un alma errante que lograba elevarse con su musa y maestra la poesía, para luego gritar con tal fuerza y luego así liberarse, incluso del mismo tiempo.

Mayra  Zandate 

NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2013

Pensamientos

Los horarios estelares de la existencia

 

Luis Felipe Pérez Sánchez*

 

Cuando te hablen de amor y de ilusiones / y te ofrezcan un sol y un cielo entero, susurró. Lo hizo a capella. Presumió un suspiro que escondía un malévolo candor. Luego, se inclinó un poco, como si se fuera a abrochar la agujeta inexistente de sus botas altas, colmadas por las asombrosas columnas salomónicas, cubiertas con un forro de medias de red. El dibujo de una sonrisa hizo eco en los asistentes atentos cuando clavó en mi nervioso gesto esta frase: si te acuerdas de mí no me menciones. Abrazó el micrófono con sus manos afiladas, cubiertas con la sombra del satín negro hasta el antebrazo. Se dirigió a mí. Entonces, una mueca afectada: el guiño del ojo: los labios fruncidos, ese capullo colorado: el alma abierta. Me dijo a mí, un provinciano recién llegado a la ciudad de los palacios, te la regalo, a ti que eres de Guanajuato y sabrás de José Alfredo. Agregó, sibilina, porque vas a sentir / amor del bueno.

Estábamos tan cerca uno del otro que ni ella necesitaba el micrófono para acariciarme el ego con sus palabras, ni yo podría haber escuchado otra cosa. Fui una estatua de sal, una piedra rendida ante los ojos gorgóneos de esa mujer de pelo largo, lacio y negro. Nadie y menos yo, que tengo la imprudencia de recordar mucho, lo hubiera podido olvidar. Ese fue el día en que Susana Zabaleta, musa vampírica, cantó “Mundo raro” mientras me miraba.

Me dije para los adentros eso que Gonzalo Rojas enfatiza con verso preciso: Te besara en la punta de las pestañas / te turbulentamente besara, mi vergonzosa, / en esos muslos de individua blanca, / te tocara esos pies.

No era ya esa ocasión en la que ella, una cantante de pop en los noventas de Sonorama 93.5, cantaba para miles en un estadio de futbol, incluido yo, morrito de primaria, de cuarto o quinto. Kaló y Sentidos Opuestos, éxitos por ese tiempo, eran parte de la caravana. Sus canciones nos daban enseñanzas sobre economía con esas letras de “cuando la pobreza entra por la puerta / el amor sale por la ventana” o mensajes de postrimería y optimismo urgente como “Ponte atento, el mundo está por acabarse”. Ahora, me había invitado a la primera fila Eleonora. Descollaba los treinta años y esa noche decembrina en el Lunario del Auditorio Nacional todos los versos buscaban el “Qué bonito amor” de José Alfredo. Me dijo, arrímese. Me sentí como alguien a quien le está sucediendo algún acontecimiento importante. Sentí, también, que me temblaban las piernas. Quise contar de mi pasado y contar mentiras, decir que venía de allá, de un mundo raro, que no sabía llorar, que no entendía de amor y que nunca había amado y, ya lo dije, me temblaban las piernas y no era por debilidad.

Y pensé que si ella entonaba lingual, palatinal, dentalmente esa letra que durante algunos años me tuve prohibida, ya no debía yo sentir culpa por haber comenzado a cantarla en karaokes un poco por desengaño. Yo podía aceptar, no obstante que las estrofas culminaban con el ya conocido “no les diré que tu amor me volvió desgraciado” y tenían mucho de crueles, ya la podía tararear como el que nunca ha llorado. Durante años fue un secreto mal guardado la importancia de esa canción para mí. Pero esa noche supe, también, que le podría contar a no sé quién del día que fui al concierto de Susana Zabaleta y me aloqué porque me dijo sin decir: soy tuya aunque nadie lo sepa, como si lo hubiera dicho en sueños, como si fuera ése mi mejor noche de wet dreams.

*Premio Nacional de cuento Efrén Hernández 2012

 

 

Evocación de José Alfredo Jiménez

 

Conocí a José Alfredo Jiménez en los comienzos de su vida como compositor, ocupación que llenaría la etapa histórica más pródiga e inspirada de la canción popular de México, fundida en ella el llamado género ranchero y su vertiente romántica. José Alfredo Jiménez es heredero, con la marca distintiva de su propio estilo, de Tata Nacho, Alfonso Esparza Oteo Manuel Esperón, Chucho Monge, Felipe Bermejo, Pepe Guízar y tantos otros que dieron fama y esplendor a la canción popular mexicana. Recreo a todos, sin dejar de ser José Alfredo, con su genio acuñador de frases y ritmos, con su temple apasionado de un autentico hijo del pueblo.

Eran los años iniciales de la década de los cincuenta. José Alfredo Jiménez andaba enamorando a una joven veracruzana de Córdova, radicada con su familia cerca de Villalongín, en la capital, la Paloma de sus primeras canciones: Julia Gálvez Parra, que era su nombre familiar, nos invitó algún día a escuchar a un joven pretendiente, que solía llevarle serenatas. “Me gustan sus canciones…  son diferentes” nos dijo Pama. Efectivamente, lo eran. José Alfredo cantaba –voz trémula, cargada de sentimiento- con un trío, formado allá por la Rivera de San Cosme, donde el compositor naciente trabajaba en un pequeño restaurante yucateco y jugaba futbol, como portero. La impresión que nos produjo fue inmediata, al hilo de sus canciones, que traían frescura y acentos nuevos. Volveríamos a oírlas en citas posteriores, ya en comunicación directa con el compositor y sus entonaciones originales. Asombran su sencillez y su naturalidad.

Era yo director, por entonces, de la agencia publicitaria que producía la serie radiofónica Asi es mi tierra, la más popular y prestigiada por su exaltación de la música mexicana, y los valores mexicanos, cuna de nuevos cantantes y canciones. Contratar a José Alfredo Jiménez fue una cuestión rápida. Y su éxito desde el primer programa, todo un acontecimiento. Algunas de sus composiciones habían comenzado a popularizarse  en el mismo programa, interpretadas por Miguel Aceves mejía, y Lola Beltrán. La voz de José Alfredo, acompañada por el Mariachi Vargas, cautivaría al público, dando a las letras de sus melodías una resonancia de contagios populares. En Así es mi tierra, José Alfredo daría a conocer muchas de ellas:  Cuatro caminos, El Jinete, La que se fue,  Mi Tenampa, Camino de Guanajuato, El Siete Mares…. Algunas otras son menos populares, como Siempre, que dedicó a José Pagés Llergo, en recuerdo del primer aniversario de su revista, y la que me dedicó a mí, evocando mi origen humilde, El hijo del pueblo.

Hicimos de José Alfredo Jiménez una figura estelar de otra serie mexicanista, producida también por nuestra agencia de publicidad: Noches Tapatías. Y tutelamos su presentación en el canal 2 de televisión, en una carrera ascendente, de verdadero ídolo del pueblo. Además, los caminos de la vida nos unieron estrechamente con José Alfredo y Paloma. Fui padrino de su matrimonio y les induje a comprar casa junto a la nuestra, en la calle Martín Mendalde, de la Colonia del Valle. Allí nuestros hijos jugarían y convivirían. Muchas veces acudiríamos con amigos comunes al campo de futbol de la Ciudad Universitaria, apasionados de nuestro deporte favorito y nuestro equipo predilecto, el Guadalajara. De un hogar a otro nos entendíamos con partidas de dominó, en las que José Alfredo tenía título de maestro. Coincidimos con él en no pocos viajes, a menudo en los recorridos que hacía Así es mi tierra por la República  Mexicana. En la memoria ha quedado la apoteosis de Dolores Hidalgo, la Ciudad en que nació, en una gira de fiestas patrias por Guanajuato, la tierra a la que tan devotamente cantó.

A José Alfredo Jiménez le brotaban las canciones con la facilidad de quien llevaba dentro de sí sus gérmenes, como raíces prodigas de inspiración. De ella emanaban como manantial caudaloso de vida.  Los pálpitos de su corazón ponían el ritmo. Siendo grito del pueblo, cada melodía sonaba con virilidad armoniosa, fuese respiro melancólico, tatuaje de dolor o júbilo de celebración. Nunca dejó de ser tímido, pero nunca consintió que la timidez le derrotara. La indisciplina de sus pasiones jamás doblegó la belleza y la generosidad  de sus sentimientos. El amor, lleno de palomas mensajeras, fue su debilidad y su grandeza.

Nuestra amistad con José Alfredo duró hasta el final de su vida. A su lado estábamos cuando falleció. Con Paloma madre, con Paloma hija y con el José Alfredo adolescente lloramos su pérdida. La lloramos con el pueblo de México, al que había dedicado cerca de 300 canciones. Agustín Lara nos dijo de él: “¡Es un monstruo! …  estaremos juntos en la gloria”

 

Eulalio Ferrer Rodríguez

México, D. F., octubre de 1998

 

del libro ¡ALLA TÚ SI ME OLVIDAS!  (Título de una canción de José Alfredo)

Autor: Jorge Federico Rábago Virgen

Ediciones La Rana, crónica popular 1999

   

(1973)

                            I 

 

Recorro las ondulantes calles de mi pueblo

Miro las paredes que me gritan llenas de evocaciones

Las ventanas se abren dejando ver  mareas de recuerdos

Que fluyen en el espacio de la muerte

Aguas terroríficas que inundaron la ciudad

Casas de adobe reblandecido que caían al azar

 Doblándose como viejos con columnas raídas

Por el tiempo

De tanto trabajar

Llegó a la esquina donde se preparaban  las cebadinas

Dulce pócima para descansar la barriga

Sus barriles navegan en la mar

Como almas tristes sin rumbo

Buscando un puerto para atracar

Llego a la esquina de las funerarias

Y veo las cajas como góndolas surcando los canales de Venecia

Esperando recoger los muertos

Que flotan rígidos sin almas en sus cuerpos

 Dejados por el agua en su turbulento recorrido

Los grandes tanques al acecho tomando vuelo

Como maquinas destructora de lo que queda bueno

Caen las casas de ladrillo, con gran estruendo

La gente asustada deambula por los techos

Como fantasmas heridos y maltrechos

Viendo el agua, que algunos dudaban de su acecho

Por el momento nada se puede hacer

Guarecerse de la asesina corriente

Que arroya todo a su paso

Llega la noche, un poco de lluvia

Después las estrellas sobre el firmamento

Que han recorrido el velo de las nubes

Para observar a Irapuato medio muerto

Solo algunos pueden descansar

El hacinamiento se observa en cada hogar

En medio de la noche un grito se escucha

¡Un médico por favor¡ mi esposa por parir

Ha  sentido las contracciones, el niño quiere salir

La noticia se pasa de techo en techo

Como los ladridos de perros

En una noche en silencio y luna llena

Por fin una alma buena atraviesa a contra corriente

Venciendo la despavorida fuerza de mil búfalos en la pradera

Los vence con ayuda de la gente

A las dos horas se escucha el llanto nuevo de la criatura

Como un canto de esperanza por el devenir de esta plaza

Amanece el sol se levanta mirando a nuestro terruño consternado

Endurece sus rayos tratando de secar las humedades

Pero, por el momento, el agua lo vence

Se estancan, no fluyen

Gran explosión se escucha a lo lejos

Han reventado la carretera para dejar fluir el líquido funesto

Comienza a bajar el caudal

Pero el mal está hecho, no vale la pena llorar

Debemos trabajar, un Irapuato nuevo debe renacer

Como el ave fénix de su destrucción debe emerger

De la desgracia acontecida

Los muertos al cementerio

Los vivos a seguir la vida

Limpiar el lodo lleno de gusanos

A San Antonio hay que rescatar

Porque la corriente lo llevo hasta lugar non santo

Para tentarlo con el pecado

Pero a tiempo fue rescatado

Después de muchos años de comprender la tragedia

Sigo recorriendo mis calles zigzagueantes

Sus paredes y ventanas aun gritan

Irapuato, Irapuato, Jiricuicho, Eratzicutzio, Irapuato

Es mi ciudad¡

 

Marco Antonio Vanzzini Castellanos

 

Esperando el Autobús

 

Anna Maciel Fernández

 

Cuando nos mandemos al diablo, te pido que nos ahorremos el llanto, las tazas estúpidas de café y las charlas para intentar que este vacío no sea tan profundo, que al menos podamos tocar el fondo con la puntita de los dedos. Que no te escondas bajo la cama y apagues las luces antes de dormir, que te pongas tus ropas de gala ridícula, que bebas en velorios y fiestas familiares, que bailes al ritmo desconocido, que te embriagues y vomites, que vomites versos, que grites mucho, que grites porque un tránsito te multo o que grites por que la vecina te dejó basura en la puerta. Insulta, maldice cuando la cátsup se embarre en tus pantalones nuevos, haz lo mismo de siempre, ríe, sigue riendo y llora cuando te bañes con agua fría. Que me borres de repente, que no me recuerdes, en ese orden.   

Te pido disimulo flaca, dejémonos de ridiculeces y de miradas inquisitivas, de sensaciones vagas y de sueños envueltos en instantes. Te pido que al tomar el autobús ocupes tu asiento, sin esperar que mi mano escurra por tu cintura tilica y al cruzar las calles pongas atención, lamento no acompañarte, ya no nos volveremos a ver. Espero que cuando nos despidamos no miremos hacia atrás, que reiniciemos la cuenta, sellando con un apretón de manos nuestro secreto de nuevos desconocidos.

Hoy escuché una palabra en francés: ¡Adieu!, es distinta al “aurevoir”, es el adiós que quizás recaiga por las noches en tu alcoba y te recorra bajo las sabanas, que te enrede las pestañas y mortifique tanto que no tengas más remedio que tirarte al insomnio.  

Toca tus hermosas costillas y tus dormidos pechos, vuelve a mirarte desnuda y no busques ni por consuelo los rastros de mis caricias envenenadas. De eso que tan rico nos sabía, ese sexo derretido en el paladar ¡olvídalo!, ¡Por completo olvídalo!, seguramente lo estaré haciendo con alguien más. Tú también tienes el derecho, por supuesto, siempre los has tenido, es sólo que cuando me mandes al diablo, lo tendrás más y cada vez más.

Dicen que el tiempo es simple condición, es azufre, el tiempo sabe feo flaquita y quizá mañana tengamos la boca amarga.                   

¿Tiempo? Hoy no lo quiero, no me lo des, no lo necesito, cuando me mandes al diablo me sobrará tiempo y espacio. El día que no me guardes luto, ni me santifiques, ni me llores, ni me odies, ni me recuerdes. El día que de mi sólo  guardes estas palabras, que hoy te entrego, antes de que el tiempo nos coma y ya no pueda darte un buen consejo.

Hay personas mulas, que se van sin decir cómo demonios se debe olvidar. Haz lo que te digo flaca cuando eso ocurra, por lo mientras…Guarda en el autobús mi asiento.