ÁGORA JUNIO-JULIO 2014

 

Virtud de lo efímero

 

José Antonio Banda

 

“Todo es mortal”, dicen que pronunció Bécquer en su lecho de muerte. Cierta o no la verosimilitud de la frase, la afirmación de la misma revela una de las preocupaciones constantes entre nosotros, una situación harto conocida que, sin embargo, eludimos desde siempre para vivir en la ignorancia de lo efímero. Porque sabemos que el mundo tiende a la muerte, preferimos construir y habitar otro otros mundos, hacer literatura o escuchar esas frases contundentes como si oyéramos llover.

Hace tiempo me tocó asistir a la boda de una amiga en Cuévano. La fiesta, llevada a cabo en el salón de un hotel conocido, fue una delicia que me gusta recordar. Y ni hablar de los bocadillos, de la música, de los pequeños chocolates al centro de los platos o, detalles que funcionaban a la perfección. La celebración eclesiástica fue interesante ―sobra decir que es el acto más importante de la boda―, como debía serlo. Pero no sé si por las lecturas de ese entonces, o por una maduración de mis preocupaciones constantes, o por un acto que el azar me tenía reservado, pensé que esa manifestación religiosa, que ese aparecimiento repentino de lo numinoso frente a mí, a mitad de la ciudad cuevanense, iluminaba la falsedad de nuestras convicciones más férreas, es decir, aclaraba la oscuridad de las ideas más arraigadas en el pensamiento ―al menos del mío―. Uno de los asistentes, amigo cercano, después de contarle lo que en ese momento me pasaba por la cabeza, me decía que nosotros, los hombres, debemos conformarnos con la ficción que la vida establece día a día; vivir con la literatura cotidiana porque esta afirma la veracidad del mundo en su apariencia, que eso ―aceptar la ficción del mundo― es preferible a vivir, a someternos diariamente, en la angustia de las mitologías cotidianas. Decía mi amigo que ésta sola resolución nos permite disfrutar a plenitud de la grandeza de los hombres. 

   Yo equivocaba mis juicios, al parecer, porque “a la muerte de lo sagrado, aún nos quedan varios caminos por recorrer: uno, aceptar el deceso de lo trascendente en nosotros; dos, fingir su vigencia en el mundo; o, tres, sustituir su ausencia prolongada con un numen de otra naturaleza”. El primer camino –decía mi compañero en un arrebato del pensamiento– entraña en sí una valentía no muy común entre los hombres. Vicente Huidobro, por ejemplo, en el primer canto de Altazor, ―decía mi amigo alardeando de conocimientos literarios― se pregunta por la necesidad de cambiar la moral cristiana por una nueva. Huidobro se pregunta, no sin cierta desesperación, si es posible cambiar el mundo establecido del cristianismo por otro nuevo que no sea la prolongación de primero, ya cadáver en el pensamiento del poeta chileno. En uno de los cantos de Altazor, Huidobro se enfrenta a la Nada. Este enfrentamiento no es angustioso ni hace referencia a soledad alguna, sino que la riña ―por así decirlo― que sostiene contra la Nada es de manera gozosa. Vicente Huidobro descubre placer en la revelación del azar. Otros pensadores o literatos –continuaba mi compañero, ya en carrera– prefieren fingir que un mundo trascendental existe, y recorren un segundo camino poblado de hermosas mentiras. Y otros más ―decía― caminan una tercera vía: fingen la ausencia de lo sagrado mediante el entronamiento en sus vidas de un dios abstracto e inasible, igual que el anterior. Los hombres de esta tercera vía se afirman en la plenitud de objetos diversos: el país, la nación, la economía, el mercado, la democracia. Cualquier cosa es elemental si uno no quiere abolir la trascendencia. 

Hacemos estas sustituciones ―decía mi interlocutor― porque quizá existe en nosotros un miedo irremediable hacia la muerte, o hacia la soledad de la muerte ―hacia la soledad que es muerte― o porque, en una similitud de pensamiento lírico, como dijo Bécquer, todo es mortal. Los hombres de ese tercer camino no logran afrontar con entereza la clave de la vida, a decir de Huidobro, que el azar, y sólo el azar, singulariza la experiencia diaria, le otorga plenitud. Esa y sólo esa es la virtud de lo efímero, porque en lo efímero el azar cristaliza la vida, la hace transparente a los ojos de los hombres en el interior de una imagen, poética o no. Jamás banaliza lo eterno que hace de la existencia un conjunto sin fin de repeticiones, porque el azar también afirma la existencia de lo otro frente al uno. Caben aquí otros pensamientos, otras culturas, otros lenguajes, otras formas de entender el mundo. 

   Quizá, para concluir estos razonamientos en donde un interlocutor imaginario ―aunque atado a una base real― jugó un papel importante, en lugar de preocuparnos en demasía por la muerte, por la soledad de la muerte, o por las falsedades descubiertas a la vera de una celebración religiosa, deberíamos vivir, sólo eso, vivir para dejar en la memoria de nuestros seres más cercanos un cuadro completo de la existencia, una imagen o acto sostenido de que supimos sobrellevar de forma gozosa, valiente y sabia ―azarosa y única―, nuestro paso por el mundo.

 

Crónica

 

 

                                      LOS ALBAÑILES

 

 

                            José Luis Chávez Hernández

                                                                                                                                                                         Fotos: Bernardo Álvarez (cortesía) 

                                                              

     

*.-  Importante eslabón en el gremio de la construcción

 

*.- ¿Más  mezcla maistro?.

 

*.- Siempre subiendo y bajando andamios

 

Los labios resecos denotan sed y hambre, sus manos blancas partidas por la cal, una gorra de indefinido color gastada por los rayos solares y un viejo morral de lona donde guarda la cuchara, el metro y la plomada, son signos, objetos que identifican al trabajador del gremio de la construcción, el albañil.

 

Nos acercamos a uno de estos hombres de la raza de bronce, para conocer como es la vida del albañil, la cual no cambia ni con el tiempo ni las circunstancias.

 

“Pos que quiere jefe, pos, así somos”, ¿No?.

 

Así se da la plática con un grupo de albañiles, mientras llega la hora del “rancho”, ó de la “frita” como ellos le dicen.

 

 Los Albañiles empiezan jornadas desde las siete de la mañana y ya pegaron  un buen número de tabiques, ya aplanaron una parte de la tarea asignada, ya hicieron anillos y amarraron varilla para los castillos, ya tiraron revoltura para los pisos,

 

¿Más mezcla maistro?.

 

“Que mezcla ni que ocho cuartos, váyase volado a prender el fogón para calentar las viandas..”. Dice el “maistrero” al peón.

 

Los “medias cucharas”, son los  comisionados para  formar una cruz con ladrillos, al centro le ponen  trozos de madera de la que va sobrando de la simbra y cuando ya agarró brasa, le ponen encima del “fogón”, una tapa de tambo de esos de 200 litros, a modo de comal.

 

Y ahí van juntos, “maistros”, chalanes, “maistreros”, “ayudantes de media cuchara”.

 

 A la hora de “mover quijada”, se acaban los “rangos” y se vuelve una sola familia.

 

Bueno, hasta los ingenieros y arquitectos encargados de la obra se acercan a “echarse un taco” con la tropa.

 

 

Y ahí tiene que de las bolsas de ixtle, de las canastas de carrizo tejido, aparecen, ya el  posillo con frijoles negros con epazote, ya la ollita con papas en jitomate, ora la sopa de fideo. Las “nejas”, que se vayan haciendo duritas en el comal.

 

 ¿Carne?. ¡”Uhh jefe!, en meses enteros no la comemos, será por ahí de diciembre en los tamales..”, Dice uno de los “macuarros”.

 

“O un poco antes- tercia en la contestación otro albañil- el 3 de Mayo, el día de la Santa Cruz...”.

 

Las ollas, posillos de peltre y aluminio o barro, se ponen a calentar, mientras los albañiles, los verdaderos héroes anónimos de las grandes obras, los grandes edificios, los puentes y avenidas, se sientan en torno a la fogata, casi siempre en cuclillas y esperan pacientemente que se caliente la comida.

 

Mientras, venga otro cigarro Delicado, un Alas, ¿De carita con filtro?, No, esos nomás los viernes día de quincena.

 

¡Claro, no podía faltar la olla con el chile, bien picoso, con “harto jitomate”, para darle sabor, que caray!.

 

“Ándele  jefe, pruebe los frijoles con fideo que me puso mi vieja y con un chile de amor..didas, sabe mejor...”.

 

 Y ahí los tiene, comiendo bien sabroso, picoseé y picoseé, y con agua de la llave para desatorar la tortilla.

 

Una Pepsi o una coca, así de grandota, bien fría, suena a un lujo inalcanzable de  media semana.

 

¡Hay! Que a toda madre me caería, una Sol, “bien muerta”, una “Coronela bien sudada”, ya de perdis  una “Chuperior”.

 

“No jefe, si lo digo, así es la vida del albañil, siempre jodido, siempre, soñando, siempre deseando, por eso, se llega el viernes de quincena y de inmediato:

 

“!Vamos a darle gusto al cuerpo!”. “Nomás la de comer y nos vamos”.

 

“Viernes Social”. “Día del Albañil”.

 

“¿Vamos al Templo de Tepozteco?, ó, prefieren ¿El Quita penas?, con ¿Doña Quica?, ¿A  la Bola?  ó ¿ al Pavito?.

 

¿Y el sábado?, ¡”Hay Dios, si algo te debo con esta cruda te estoy pagando..”.

 

¿”El Lunes?, Fácil “hacemos San Lunes”.

 

Martes, miércoles, y jueves. Igual, la misma rutina, subir y bajar andamios, cargar botes de mezcla en el hombro, pegar ladrillos, hacer más y más revoltura, cargar los sacos de 50 kilos de cemento gris...

 

Comer frijoles, tortillas duras, sopa. Lo mismo, lo mismo.

 

¡Ah!, pero ahí viene el viernes. ¡¡ Hasta no verte Jesús Mío!!...”.

 

¿El 3 de Mayo?. Festejo de La Santa Cruz....

 

Santa Cruz....La del sábado, luego del “viernes social”.

 

Así es la vida del albañil.

 

 Nada cambia, todo es igual.

 

Fregados, pero contentos, que caray!.

 

.-  MIENTRAS unos esperan que se caliente el almuerzo, otros le avanzan al aplanado.

 

DIA del albañil, Día de la Santa Cruz, comienza  la jornada con llevar a bendecir la cruz  que será colocada en la construcción

 

 

ÁGORA MARZO- ABRIL 2014

*Encuentros con Octavio Paz

 

                                                             Saúl Echeverría Vallecillo

 

Tendría unos dos años de haber salido del seminario, por primera vez a través del arquitecto José Luis Barragán, conocí a un grupo de amigos, que entre otras cosas me llevaron a Octavio Paz.  Hasta ese momento, no había escuchado hablar de él y mucho menos le había leído; ya que mis lecturas seminarísticas se habían basado principalmente en autores europeos y casi nunca en autores latinoamericanos, menos mexicanos.

Fue el poeta Rafael Meza Galván (Q.E.P.D.), el primero que me hablara de Octavio Paz.

Hablaba de él con admiración, entusiasmo, orgullo y respeto; tanto así que me despertó de mi somnolencia europeizante, para hacerme sentir que ahí había algo que yo desconocía. Ese sol, que fuera Paz, lo había deslumbrado e hizo que me deslumbrara, así que me puse a leerlo.

Comencé por El Laberinto de la soledad y luego Libertad bajo palabra. Al principio, me costó adentrarme en ese mundo que me ofrecía, pero que de alguna manera ya habitaba en mí aunque de forma oculta. Interesado, decidí conocer más de él y pasé a sus otros libros. Leía todo lo que llegaba a las manos, tanto poesía como ensayo, y fui asiduo lector de sus revistas: Plural y Vuelta. Nunca me defraudó y mucho menos me aburrió, todo era nuevo, mágico, lleno de luz, de colores vivos y exóticos, como lo son en nuestra tierra; a tal grado que lo dicho por él pasó a ser dogma de fe y expresión de júbilo.

Siempre me abría puertas, siempre descubría su inteligencia brillante, lúcida, universal y totalizadora buscando siempre la contradicción a  través de lo contradictorio. Percibía su interés y curiosidad por todo, que me atrevo a afirmar que pocos han escrito y opinado tanto y con tanta variedad: pintura, escultura, arquitectura, religión, metafísica, física, biología,, psicología, política,  educación, etc. …. Y pocos tan atinadamente como él. Sólo para citar algo, hasta el momento, no hay mejor ensayo y más completo sobre Sor Juana Inés de la Cruz, que su libro Sor Juana o las Trampas de la fe.

….Pasó el tiempo, leí otros autores, otras revistas, pero Octavio Paz, siempre estuvo presente y aún sabía aparecer en el momento menos esperado; tanto, que un día del mes de  mayo, de compras en la Comercial, me detuve en el departamento de libros y revistas y …...       al pasar la vista por los estantes, descubrí su cuatro últimos libros, hasta donde yo sabía y quise llevarme los cuatro: Al paso, Convergencias, La llama doble, y Vislumbres de la India,; pero viendo su precio y la parquedad de mi cartera decidí irlos adquiriendo poco a poco. Primero opté por Al paso y La llama doble, pero me dolía dejar los otros imaginando que al contar con el dinero, ya no estarían…   y dudaba si primero  La llama doble o Vislumbres de la India, y haciendo de tripas corazón opté por La llama doble, no salía del estacionamiento cuando ya los había sacado de sus fundas y los hojeaba.

Al irlos leyendo fui entrando al maravilloso mundo de Paz, sólo que ahora con mayor alejamiento, sentido crítico y madurez y al igual que disfrutaba de su lectura,  descubrí sus limitaciones: limitaciones de todo ser humano inmerso en un espacio y un tiempo pero que a pesar de ellas no era menos brillante y lo fui descubriendo en su verdadera estatura de ser humano; Octavio Paz fue un hombre de su siglo, del siglo veinte….

 

Días después al llegar del trabajo, Marisela me enfrentó a la noticia  del momento.  No dije nada, sólo escuché…  poco a poco, casi sin sentir se fue alojando en mí un sentimiento y dolor de pérdida irreparable.

 

Sólo me resta en su memoria, ofrecerle este poema que me hubiera gustado leyera….   Y que tengo la certeza que leerá  donde se encuentre.

 

 A un amigo

Vagando en mi

 descubro la mañana

al despertar  la luz

 el canto de los pájaros

No sé quien soy

 ni me interesa

camino…

y atento me percibo

en cada instante que se abril

y me realizo ahí

donde el misterio se renueva

y nos ofrece

un gajo de esperanza a nuestra vida.

                                                                     

 

   *ÁGORA, Julio – Agosto, 1998

 

 

AGOSTO-SEPTIEMBRE 2013

DESIERTOS

María del Carmen Almanza

 

 

Desperté y la reacción fue instantánea. ¡Fuera cobijas! Cinco treinta de la mañana, hora de levantarse. Salté de la cama y quise accionar como de costumbre pero mi cuerpo se negaba. Me encontraba despierta pero no así mi carne que sentía hormigueos en piernas y brazos. ¿Qué pasaba? Tras una breve reflexión comprendí que la rutina nubló mi cerebro y equivocó mis tiempos. Pero en el fondo la inconsciencia también tiene su rutina porque en eso recordé que era sábado. ¡Es sábado! Me dije. Con razón mi pesadez.

 

Reconfortada con ese pensamiento y luego de estirarme un poco, nada más un poco, para desentumecer los huesos, me acosté de nuevo. Me arropé con sábana y cobija, no hacía frío pero en esa levantada derroché mi calorcito. No pasaron ni cinco minutos cuando empecé a sentirme abochornada, saqué un brazo y aventé la cobija a un lado de la cama. ¡Ba! ¡Es mucho taparme! Nuevamente me acomodé, esta vez del lado derecho que es mi preferido. Estaba lista para echarme otro sueñito, pero no lo lograba. ¿Por qué?, bueno, comprendí que el cuerpo tiene sus necesidades y sus horarios, y ya era hora de desocupar la vejiga. Malditas ganas, tenía urgencia de ir al baño pero flojera también. No obstante todavía dejé pasar diez minutos hasta que la voz imperiosa a la que me negaba obedecer, me arañó el riñón, y todavía me preguntaba: ¿Iré?, pues sí, mejor voy y dejo de hacerle a la tonta y loca. Rabiosa me levanté y rapidísimo me dirigí al baño, temía no alcanzar a llegar sana y seca; pero lo logré. ¡Uf! Que alivio. Ahora sí, me dije, a dormir otro ratito.

 

Regresé “a la camita”, como diría Topo Gigio, y me arropé de nuevo, pero esta vez lo hice sólo con la sábana; tras unos segundos sentí frío en los pies, así que, de nueva cuenta me eché la cobija encima para entrar en calor y traté, con ojos más que cerrados apretados, de recomponer la escena del sueño que se me quedó inconclusa. Pero el placer que antes de tiempo envolvió mi cuerpo, no me duró, porque un dulce sabor me llegó a la memoria cuando recordé que iban a retransmitir una entrevista hecha a la escritora, Mónica Lavín, para hablar de su más reciente libro: Manual para enamorarse. Como me era de sumo interés escucharla, me desacomodé de mi postura, me puse boca arriba, duré así dos o tres minutos aún, consecuentando todavía la flojera. Después saqué el brazo derecho, encendí el radio y me apresuré a encontrar la estación requerida pues presentía que ya había comenzado el programa. Para mi desesperación, todos los canales que sintonizaba estaban tocando el Himno Nacional. Y aunque me hubiera gustado ser más nacionalista para ponerme de pie y cuadrarme ante sus notas, como lo hacía mi padre, sólo me conformé con escuchar atentamente los fragmentos de las estrofas que me trajeron a la memoria mis, ya lejanos, años escolares.

 

Por fin dejaron de tocar el himno y con entusiasmo y prisa recorrí todo el selector de canales sin encontrar la estación que buscaba. En eso una emisora anunció su número de frecuencia modulada, ¡ah sonsa!, estoy en f. m. y lo que quiero oír, lo van a transmitir en a. m. De inmediato cambié de canal. Justo a tiempo. En ese momento estaban saludando a la escritora. Me alegré, puse el volumen adecuado y me dispuse a escuchar.  

 

A los pocos minutos un estruendo como de mil hojalatas a cabalgata veloz llegó a la esquina de mi casa, era tan fuerte el ruido que lo sentí adentro de mi recámara. ¿Y todo ese alboroto para recoger la basura? ¡Maldición! Duró tanto el estrépito que me perdí de oír lo que decía la escritora acerca de sus técnicas para escribir novela. ¡Imperdonable! Por más prisa que me di para sacar la mano y subir el volumen, esa parte de la plática quedo velada para mis oídos. Cuando cesó el estruendo bajé el volumen del radio y volví a concentrarme en aquella importante charla. Pero como tantas veces pasa en la vida: “Lo más querido es lo más perdido”. Unos minutos después, escuché que se acercaba un vehículo a gran velocidad, parecía, por el fragor que emitía el motor, que corría en una pista de carreras y, precisamente, como hecho adrede, enfrente de mi casa soltó el acelerador; imaginé que por el escape le salía un dragón vociferando improperios y, otra vez, no escuché nada. Me causó, más que coraje, una desgarradura en el ánimo. Fue una lástima pues cada minuto que transcurría eran palabras de esa importante charla que perdía. Por último, los perros que acostumbran saludar la mañana se sumaron al contubernio, fraguado por la casualidad, en contra mía, pues uno ladraba aquí y cuatro contestaban allá. Total que de la dichosa entrevista, si escuché la mitad fue mucho.

 

A las siete, sin meditarlo más, me levanté. Me di un restaurador baño, desayuné, y me salí a comprar el periódico del día y croquetas para mis queridos chihuahuas. Regresé a casa a las once treinta y para no perder la costumbre de los sábados, me preparé la primera bebida del día. Puse música de fondo y me senté en el sofá de la sala a leer la parte que me faltaba del libro, “Yo la peor”, para variar, de la misma autora, Mónica Lavín. Pasado un rato, la música y la lectura me envolvieron en sus remansos y me fui adormilando, pero antes, con mucho placer, alcancé a bendecir los maravillosos sábados que rompen la rutina y permiten descansar.

 

El ring, ring del teléfono me sacó del sopor en el que caí. Era mi hermana, para recordarme la hora de irnos a nuestra misa dominic…qué?

                                                                                                                                          15 Marzo 2013

 

 

NOCHE DE JAZZ

Anna Maciel Fernández

Estoy bebiendo vino, vino que a veces me da una tranquila soberbia, quiero imaginar que me encuentro en un concierto de jazz mientras mi oído degusta de “DINAH WASHINGTON” y mis ojos escuchan la música que hay en aquella pintura.

“Jazzamoart” dice la firma que lo sella y yo puedo sentirla, así como a las personas que en esa “Noche de jazz”  hablan, bailan, beben vino y gozan, justo como hoy mis sentidos lo hacen. El vino seca un poco mi garganta y un cigarrillo se enciende a un lado mío y detrás del humo una bella mujer de ojos negros, cuyos pasos felinos se acercan a mí.                                                          

-¿Qué haces aquí? Me pregunta la musa de cabellos negros y profundos, Y con su mano lánguida me ofrece el vicio que he intentado dejar.                                                                              -Escucho música y veo la pintura, le digo nervioso.                                                                                        Ríe unas cuantas veces, después  se acerca suavemente y con sus labios rojos me embriaga, ¡Me ha comido a besos! .                                                                                                                                     El volumen de la música aumenta, mi corazón tiene un nuevo ritmo, y el rojo del lugar me penetra las venas, el beso de aquella mujer que sin juzgarme me roba el aliento, me paraliza el alma, se mezcla con las notas musicales y las texturas de su vestido se inmiscuyen en mis dedos fríos que ahora solo se ocupan en sentirla.                                                                                           Eso ocurrió aquel día, en el que me deje llevar por una “Noche de jazz”...Pintura de “Jazzamoart”. No había vino, ni mujeres, no había música…Sólo estaba el cuadro frente a mí.                             ¿Qué grande es la imaginación? ò ¿Cuánta imaginación puede crear esa pintura?  

 

 

MARZO-ABRIL 2013

 

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NOVIEMBRE-DICIEMBRE AGORA V

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